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Por capítulos · Las 96 colmenas de Sorbeda · Del catálogo de Margen

El congelador del bar guarda otras cuarenta bolsas

Antes: Amaro Cid, veterinario de la comarca, admitió que en 1994 llevó las cajas a las colmenas de noche, con Ovidio Trigo. Elsa Trigo, apicultora, ya empareja huerto quemado con semilla salvada.

Quedan quince días para que el camión de la trashumancia suba las noventa y seis colmenas a la sierra. Rosalía Nevado, presidenta de la junta vecinal, llama a Elsa a la cocina del bar Astur, el único abierto un lunes por la mañana en Sorbeda. En la barra, dos jubilados juegan al dominó con las fichas del bar; Rosalía baja la persiana de la puerta interior antes de hablar.

—Elsa, sube al arcón del congelador. La escalera está detrás de la barra.

Rosalía abre la puerta abombada del arcón industrial. Dentro, entre paquetes de gambas y cajas de churros congelados, hay una bolsa negra doblada dos veces. Rosalía la saca. Debajo hay otra. Y otra. Elsa cuenta hasta que Rosalía le hace un gesto para que pare.

—Cuarenta bolsas.

—Cuarenta y siete cuando lo empezamos. Del año 94 al 97 mi padre metió aquí semilla que le sobraba a Ovidio. Se las llevaba yo los jueves por la noche, cuando cerraba la cocina.

—Rosalía, tú tenías veintitrés años en el 94.

—Y era la única que subía al arcón a por hielo. Ovidio no podía guardarlo todo en las colmenas. Necesitaba un sitio frío y necesitaba que ningún inspector abriera la puerta. Los inspectores de sanidad vegetal solían venir dos veces al año, en junio y en octubre. Nunca se metían en un congelador.

Cada bolsa lleva escrita a rotulador la letra apretada de Ovidio: nombre de la variedad, año en que se quemó el huerto, iniciales del dueño. La bolsa 12 dice manzano reineta 1994 F.N. La 27, guindo mollar 1995 J.G. La 40, cerezo garrafal 1996 F.T. La 34 dice ciruelo claudia 1994 F.T. y la 39 membrillo bastardo 1996 F.T.

—Cuatro bolsas de mi padre.

—Cinco. Falta una que se rompió en 2011. Le puse dentro un poco de la que le sobraba a otro y la volví a etiquetar. No lo escribí en ningún sitio. Lo hice y me callé.

Elsa vuelve a contar mentalmente. Cuarenta bolsas en el arcón. Once cajas en las colmenas. Ochenta huertos quemados según el cuaderno de Ovidio. Ochenta menos cuarenta menos once son veintinueve.

—Faltan veintinueve.

—Faltan veintinueve. Y no las tengo yo.

Elsa mira las bolsas en fila sobre la mesa de acero del bar. Las etiquetas de rotulador se han corrido con el frío y en dos ya no se lee bien la fecha. La bolsa 12, la del manzano reineta 1994, tiene un pinchazo en la esquina y por allí ha salido una semilla oscura del tamaño de una lenteja gruesa. Elsa la coge con dos dedos, la mira contra la luz de la cocina y la vuelve a meter en la bolsa.

—¿Dónde?

—Ovidio se fiaba de tres personas. Amaro guardaba las colmenas, yo guardaba el arcón. La tercera no era ni de sanidad ni de correos.

—Rosalía.

—El párroco. Don Aquilino Fresno. Guardaba las que llevaban nombre de gente que aún vivía; decía que era un secreto de confesión.

Rosalía cierra el arcón, echa el pestillo con la llave grande del delantal.

—Don Aquilino murió en 2018. Y cuando reformaron la parroquia en 2020 no había semillas en ningún sitio.

—Entonces alguien tiene veintinueve bolsas y no sabe qué son.

—O sabe qué son y no las quiere abrir. Quedan quince días, Elsa. Y el camión se lleva las noventa y seis colmenas el treinta.