← Todas las lecturas

Por capítulos · Las 96 colmenas de Sorbeda · Del catálogo de Margen

La orden de quemar los huertos la firmó su tío

Antes: Elsa Trigo, apicultora, heredó 96 colmenas de su tío Ovidio. Once llevan cajas con semillas de un peral extinguido en 1994.

Quedan setenta y una colmenas por revisar y Elsa no ha subido al monte. A las nueve y diez está en la puerta de la cámara agraria de la comarca, en el bajo de un edificio de ladrillo con dos ventanas y un cartel de metacrilato rayado.

Dentro huele a papel frío. Pura Escanciano, auxiliar del archivo desde 1989, tiene una taza sobre el mostrador y no la aparta cuando Elsa se apoya.

—Vengo a ver los expedientes de sanidad vegetal del noventa y cuatro.

—Eso es sala de consulta, y la sala de consulta cierra a las dos. ¿Nombre y para qué?

—Elsa Trigo. Apicultora. Para saber qué se quemó en Sorbeda.

Pura la mira por encima de la taza y deja de escribir.

—Trigo de Sorbeda. —Se levanta—. Los de sanidad vegetal son públicos pasados veinticinco años, así que puede leerlos. Los anexos con nombres de particulares no se fotocopian. Si quiere copia, solicitud por escrito y espera de un mes.

—El día treinta se me llevan las colmenas.

—Entonces lea rápido.

La sala de consulta es una mesa larga con dos flexos, y el expediente llega en una caja de cartón atada con cinta de algodón. En la tapa, a rotulador: SANIDAD VEGETAL 94/117 — ERWINIA. Pura la deja en la mesa con las dos manos, como se deja algo que pesa más de lo que parece.

—Fuego bacteriano —dice—. Una bacteria que seca el peral y el manzano por dentro y salta de árbol en árbol con el agua y con las abejas. Aquel verano no había cura y sigue sin haberla: se arranca y se quema. Eso es todo lo que se puede hacer.

La orden está en la primera hoja, con el sello del servicio provincial y la fecha: 11 de julio de 1994. Dos párrafos secos. Se declara zona infectada el término de Sorbeda y los cuatro pueblos de la ribera. Se ordena el arranque y la quema in situ de todo el material vegetal hospedador en un radio de quinientos metros por cada foco.

El anexo II es la lista. Ochenta huertos, uno por línea, con el nombre del dueño, el paraje, el número de árboles y la variedad. Elsa va con el dedo por el margen: perales, manzanos, algún membrillo. Nombres que conoce del bar y del cementerio. En la línea cuarenta y uno lee, escrito a máquina y con una errata corregida a mano encima: peral de invierno de Sorbeda, catorce árboles, paraje de la Sorbeda alta.

Es la variedad de la caja número 1. La que Amaro Cid, veterinario de la comarca, le dijo ayer que estaba declarada extinguida.

El anexo III es de una hoja sola y es el que se le queda dentro. Se titula certificación de destrucción. Debajo, una tabla con tres columnas: huerto, fecha de la quema, material vegetal retirado antes de la quema. La tercera columna está rellena entera con la misma palabra ochenta veces: ninguno.

—Ninguno —lee Elsa en voz alta.

—Es lo normal —dice Pura—. Con fuego bacteriano no se salva ni un injerto ni una semilla. Todo va al fuego el mismo día que se arranca. Si sale una sola yema de allí, la comarca se vuelve a infectar.

—Y si alguien hubiera sacado semilla, ¿estaría en esa columna?

—Tendría que estar. Es la única razón de que exista esa columna.

Elsa tiene en el bolso una bolsita de papel con siete semillas dentro y la etiqueta de un peral que este papel jura que no existe. No la saca. Mira la hoja y entiende, por primera vez desde que abrió la colmena doce, que lo que tiene en casa no es un descuido de nadie: es lo contrario de este documento. La variedad está viva porque alguien escribió ninguno ochenta veces sabiendo que no era verdad.

—¿Quién rellena esta hoja?

—El agente comarcal de sanidad vegetal. Va huerto por huerto, mira que la quema esté hecha y firma. Sin su firma la provincia no cierra el expediente y no paga las indemnizaciones.

Pura gira la caja y saca la última hoja, la de las firmas. Hay tres. La del jefe del servicio provincial, un garabato. La del alcalde de entonces, con rúbrica ancha. Y abajo, en el hueco del agente comarcal, dos palabras en letra apretada, la misma letra apretada de las etiquetas de las bolsitas: Ovidio Trigo.

Elsa se queda con la mano encima del papel más tiempo del que hace falta para leerlo.

—¿Cuántos de esos ochenta huertos firmó él en persona?

Pura recorre el margen del anexo III con el índice, contando por lo bajo, y se detiene en la última línea.

—Los ochenta. Todos con su visto bueno y todos del mismo día.