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Curiosidad · Del catálogo de Margen

Más caliente que la superficie del Sol

Cuando un rayo cae, la electricidad atraviesa el aire por un canal sorprendentemente estrecho: dos o tres centímetros, más fino que un pulgar. Ese hilo de plasma alcanza durante unos milisegundos alrededor de 30.000 grados, unas cinco veces la temperatura de la superficie del Sol, que se queda en unos 5.500.

El aire no está preparado para eso. Se calienta tan rápido que no le da tiempo a expandirse con elegancia: explota. Esa onda expansiva es el trueno. No es un sonido que acompaña al rayo; es el estampido del aire reventando a su paso.

¿Y por qué no incendia todo lo que toca? Por la prisa. El destello dura tan poco que el calor apenas tiene tiempo de transferirse. Por eso un árbol alcanzado puede partirse (su savia hierve y estalla) mientras el bosque de alrededor ni se entera.

La próxima vez que cuentes segundos entre el relámpago y el trueno, recuerda qué estás midiendo: la distancia a la que el aire acaba de estar, por un instante, más caliente que la cara del Sol.