← Todas las lecturas

Por capítulos · El ejemplar 215 · Del catálogo de Margen

Remei firma las actas de destrucción por kilos

Antes: Ainhoa Cortabarria, restauradora en Huesca, encontró un ejemplar que el registro da por destruido el 14 de marzo en la planta de Sabiñánigo.

Quedan 211 títulos por verificar y Ainhoa Cortabarria, restauradora de la Biblioteca Provincial de Huesca, ha metido el 215 en el bolso, envuelto en papel de seda, para llevarlo a la planta que asegura haberlo triturado. Son sesenta y dos kilómetros por la N-330. Llega a las nueve y diez.

Verificar es esto: abrir el libro, comprobar que el ejemplar que tienes en la mano es el que dice la ficha, poner las iniciales en el margen del listado y pasar al siguiente. Doscientas catorce veces. A Ainhoa le salen doce por hora cuando no pasa nada.

La planta de pasta de papel de Sabiñánigo no huele a papel. Huele a lejía caliente y a algo dulce, como fruta pasada. Remei Balaguer, operaria de línea desde hace diecinueve años, la recibe en la báscula con un chaleco naranja y un cuaderno de tapas duras que no es un cuaderno oficial: es suyo, y lleva apuntadas a mano todas las entradas desde 2031.

—El acta la firmo yo —dice—. Pero yo no firmo libros. Firmo kilos.

Le enseña la báscula: una plataforma de hormigón donde cabe el camión entero. Se pesa lleno, se descarga, se pesa vacío. La diferencia es lo que la planta declara. Nadie abre las cajas. Nadie cuenta lomos.

Detrás de la báscula, una cinta sube hacia una tolva del tamaño de un garaje. Lo que cae ahí dentro sale cuarenta minutos después convertido en una pasta gris que se vende por toneladas a una fábrica de cartón de Zaragoza. Remei lo explica sin ceremonia, como quien enseña un horno.

—¿Y los títulos? —pregunta Ainhoa.

—Los títulos los ponéis vosotros. Nos mandáis la lista tres semanas antes, con los códigos y las cantidades. Nosotros pesamos, el sistema cruza el peso con vuestra lista y da el lote por cerrado.

—¿Y si el peso no cuadra con la lista?

—Nunca no cuadra —dice Remei—. Si sobran ochenta kilos, es que alguien mandó más de lo que apuntó. Si faltan, es que había cajas mojadas. Se ajusta y se firma. Diecinueve años aquí y no he visto una sola incidencia abierta.

—¿Y quién comprueba que la lista fuera correcta?

—Vosotros. —Remei lo dice sin retintín, como quien enumera un paso más del proceso—. Nosotros comprobamos el peso.

Ainhoa saca el paquete de papel de seda y lo abre encima del cuaderno. Es un volumen de 1974, tapa dura verde, los cantos manchados de dedos. Remei se limpia las manos en el chaleco antes de tocarlo. A Ainhoa, que ha visto a mucha gente coger libros, ese gesto le parece lo primero bueno del día.

—Este lo tengo yo destruido —dice Remei.

—Este está aquí.

Remei pasa las páginas despacio, con el pulgar, como quien busca un billete entre otros. Se para en el capítulo cuatro. En el margen hay anotaciones a lápiz, apretadas, con una letra pequeña y muy bien hecha. No son subrayados de lector: son correcciones. Una palabra tachada y otra escrita encima. En una línea, alguien ha tachado «catorce alumnos» y ha puesto «diecisiete». Una llave que abarca dos párrafos enteros y, al lado, dos iniciales con su punto detrás:

C. L.

—Esto no es de biblioteca —dice Remei—. En biblioteca la gente subraya con boli y escribe cosas al final. Esto es alguien corrigiendo un texto suyo.

Debajo de la llave hay una fecha, del mismo lápiz y la misma letra: 12-XI-2036. Dos años antes de hoy. Sesenta y dos después de la edición.

Le suena el móvil dentro del bolso. Fabián Oyarzun, jefe de sala y responsable del expurgo, no pregunta dónde está: pregunta por el carro tres.

—Estoy en Sabiñánigo —dice ella.

Fabián tarda tres segundos en contestar.

—Ainhoa. El lote tiene que salir limpio y a tiempo. Si te enganchas con un ejemplar, se te van los doscientos.

—Ya lo sé.

—No lo sabes, porque tú no firmas el acta de salida. La firmo yo.

Cuelga. Remei se ha ido y vuelve con una tableta metida en una funda de goma que ha visto de todo. Busca marzo, gira la pantalla y se la deja delante, apoyada en el cuaderno.

Ahí está el acta del día 14. Arriba, un solo número: el peso. Mil novecientos kilos. Y debajo, en la columna de la derecha, lo que el sistema dedujo de ese número cruzándolo con la lista que había mandado la biblioteca: cuatro mil cien títulos destruidos. Firma electrónica de Remei Balaguer, 17:42.

—Cuatro mil cien —lee Ainhoa.

—Mil novecientos kilos —dice Remei—. Eso lo pesé yo. Los cuatro mil cien los puso el ordenador.