
Cuatro y diez de la madrugada, kilómetro 31. La pintura seca en cuarenta minutos y el primer autobús pasa a las cinco y diez: por eso a las cuatro.
Basilio Arrue camina hacia atrás delante de la máquina para que la raya salga recta. No mira el asfalto: mira el termómetro del cinturón. Doce grados.
—Tira —dice Chelo Iribas, que conduce, y la raya nace detrás de él, todavía blanda, contando las sesenta ruedas que la pisarán antes del desayuno.