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Relato · Del catálogo de Margen

Lo que crece en el patio

Planté un limonero el día que mi madre murió. No fue un gesto poético; fue lo único que se me ocurrió hacer con las manos aquella tarde en que la casa se llenó de gente que decía las mismas frases. Cavé un hoyo en el rincón del patio, metí el arbolito raquítico que vendían en la ferretería y lo regué con un cubo. Después me senté a llorar en la tierra removida.

Durante nueve años no dio nada. Crecía torcido, se le caían las hojas en verano, los vecinos me aconsejaban arrancarlo. Yo lo defendía con una terquedad que no sabía explicar. Le hablaba a veces, de noche, cuando nadie podía oírme decirle cosas a un árbol. Le contaba lo que le habría contado a ella: que me había casado, que tenía una hija, que a la niña le había puesto su nombre, Amparo, aunque en casa la llamáramos Nube.

El décimo año, en marzo, apareció un solo limón. Uno, enorme, en la rama más baja, mientras el resto del árbol seguía pelado. Lo dejé madurar por respeto a la rareza. Cuando por fin lo corté, pesaba como una piedra y la cáscara tenía surcos extraños, muy marcados, casi dibujados.

Lo abrí en la cocina, delante de mi hija. Dentro, en la pulpa, las venas blancas no se cruzaban al azar. Formaban letras. Formaban, con una claridad que me obligó a sentarme, seis letras que yo conocía mejor que las mías: A-M-P-A-R-O.

Mi hija, que entonces tenía cuatro años, miró el limón partido y dijo, sin extrañeza, esa cosa que dicen los niños: la abuela dice que ya no le hables triste. Yo no le había hablado nunca de la abuela.

El limonero volvió a secarse después de aquello y no ha vuelto a dar fruto. No lo arranco. Sé que no era una despedida, sino un aviso: que uno riega la pena durante años creyendo que planta un recuerdo, y un día descubre que ha estado criando, sin saberlo, una respuesta.