El faro llevaba automatizado veinte años, pero la empresa me contrató para vigilarlo. El sueldo era absurdo para el trabajo: subir cada noche, comprobar que la luz giraba, anotar la hora en un cuaderno y bajar. La mujer que me entrevistó tenía prisa y no me miró a los ojos. Firme aquí, dijo. Nunca me explicó qué debía vigilar.
Las primeras semanas fueron lo que prometía el folleto: viento, sal, el zumbido monótono del mecanismo. Escribía la hora, doce en punto, y bajaba a leer. El faro no necesitaba a nadie y yo lo sabía, pero cobrar por mirar el mar me parecía un buen trato para un hombre cansado de mirar oficinas.
La cosa cambió la noche en que anoté las doce y, al volverme, encontré ya escrita la línea siguiente. La una en punto, con mi letra, con mi bolígrafo, en una tinta todavía fresca. Yo no la había escrito. Miré el reloj: eran las doce y dos minutos. Alguien, o algo, había apuntado por adelantado una hora que aún no existía.
Quise irme. Pero al día siguiente el cuaderno tenía la explicación, otra vez con mi letra: no vigilas el faro, vigilas que la luz no se apague antes de tiempo. Lo demás lo apuntamos nosotros. Debajo, una lista de fechas. La última era la de aquella misma semana.
Comprendí entonces por qué el sueldo era tan alto y por qué la mujer no me miraba. El faro no alumbra barcos en esta costa; hace décadas que no pasa ninguno. Alumbra otra cosa que llega del agua cuando la luz falla, y mi trabajo es cansarme cada noche subiendo escaleras para que el mecanismo tenga a quien avisar.
Sigo aquí. Anoto la hora antes que ellos, ahora, para llevarles la delantera. Es lo único que se me ocurre para que la fecha de la lista no sea nunca la de hoy.