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Relato · Del catálogo de Margen

La subasta

Puje por una caja cerrada sin saber qué contenía. En las subastas de objetos perdidos venden lo que la gente olvida en los trenes, y a mí me gusta comprar el olvido ajeno; es más barato que el propio. La caja era de latón, del tamaño de dos ladrillos, y pesaba lo justo para prometer algo. Ofrecí doce euros. Nadie me disputó la miseria.

En casa forcé la tapa con un cuchillo. Esperaba monedas viejas, fotos de desconocidos, quizá una pistola oxidada que me diera una historia que contar. Lo que había dentro eran cartas. Muchas. Atadas con un cordel que reconocí antes de leer una sola línea, porque era el cordel de mi abuela, el que ella guardaba en el tercer cajón de la cómoda.

Leí la primera con las manos frías. Estaba escrita con mi letra. Era una carta que yo había redactado a los diecinueve años para un chico que se llamaba Andrés y que se fue a vivir al otro lado del país sin que yo le dijera lo que sentía. La recordaba palabra por palabra porque nunca la mandé: la rompí, o creí romperla, aquella noche.

Las demás también eran mías. Todas las cartas que no envié en mi vida estaban allí, intactas, con sus fechas exactas. La de mi padre, a quien no perdoné a tiempo. La de la amiga que enterré sin reconciliarme. La que le escribí a mi propio hijo antes de que naciera y que me pareció, después, demasiado cursi para guardarla.

No entiendo cómo llegaron a esa caja, ni quién las recogió del fondo de mis papeleras a lo largo de cuarenta años. Solo sé que ahora las tengo delante, y que por primera vez puedo elegir. He comprado una plancha de sellos. Empezaré por Andrés, aunque no sepa si sigue vivo. Uno no envía las cartas para que lleguen; las envía para dejar de cargarlas.