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Relato · Del catálogo de Margen

El inquilino de arriba

Durante once meses oí sus pasos sobre mi techo. Empezaban a las nueve, cuando yo apagaba la lámpara, y recorrían el piso de arriba con una lentitud de hombre que no tiene prisa por llegar a ninguna parte. Un ida y vuelta, siempre el mismo. Aprendí a dormirme con ellos, como quien se acostumbra al motor de una nevera.

Le puse nombre: Ramón. Imaginé que era viudo, que caminaba para no pensar, que en algún momento se sentaría y me dejaría en paz. Nunca se sentaba. Y yo, que vivía solo desde que Marta se fue, agradecía en secreto aquella compañía que no me pedía nada.

Una noche los pasos cambiaron. Se detuvieron justo encima de mi cama y se quedaron quietos, como si Ramón supiera que yo estaba despierto, escuchándolo escucharme. Aguanté la respiración. El silencio duró tanto que empecé a echar de menos el ruido.

Al día siguiente subí. Quería excusarme, invitarlo a un café, confesarle que sus pasos me habían salvado de muchas noches. El rellano de arriba estaba cubierto de polvo, de ese polvo espeso que solo cría el tiempo. La puerta cedió al empujarla: no había cerradura, no había muebles, no había nadie. Solo un piso vacío desde hacía años, con las persianas selladas y el aire quieto.

En el suelo, marcado sobre la capa gris, había un único rastro de pisadas. Iba y venía de la ventana a un punto exacto del parqué. Ese punto quedaba, lo medí después con el corazón encogido, justo sobre mi cama.

Bajé despacio. Esa noche, a las nueve, apagué la lámpara y esperé. No vinieron los pasos. No volvieron nunca. Y he descubierto que un silencio puede pesar más que once meses de compañía, sobre todo cuando entiendes, por fin, que quien caminaba arriba caminaba por ti.