En los textos más antiguos de la humanidad falta un color: el azul. Homero, en la Odisea, describe el mar como oscuro como el vino y llama al cielo broncíneo, pero nunca azul. En el hebreo antiguo, en el chino primitivo, en las sagas islandesas, la palabra tarda en aparecer o sencillamente no está.
No es que aquellas personas fueran daltónicas. Sus ojos veían lo mismo que los nuestros. Lo que faltaba era la palabra, y sin palabra el color pasa casi desapercibido. El azul fue, en casi todas las culturas, el último en recibir nombre, quizá porque apenas existe en la naturaleza como pigmento: no hay flores ni animales azules abundantes, y el tinte azul fue de los más difíciles de fabricar. El egipcio antiguo, que sí supo producirlo, fue de los primeros en nombrarlo.
Nombrar algo es empezar a verlo. El lenguaje no solo describe el mundo: decide a qué partes de él prestamos atención.
Fuente: Radiolab (WNYC Studios)