
Para Aristóteles la felicidad no era un estado de ánimo, sino un oficio: algo que se practica hasta volverse hábito. Esa es la tesis de la Ética a Nicómaco, sus apuntes de clase del siglo IV antes de Cristo, que la tradición asocia al nombre de su hijo.
Su argumento es de una modernidad incómoda: nos volvemos justos haciendo cosas justas y valientes haciendo cosas valientes. El carácter no se declara, se ensaya. Y la virtud vive en el punto medio entre dos excesos: el valor, entre la cobardía y la temeridad; la generosidad, entre la avaricia y el despilfarro.
Releerlo hoy produce cierto vértigo: la industria entera de los hábitos, con sus libros superventas y sus apps, está redescubriendo con gráficas lo que un griego dejó dicho en unos apuntes. La buena vida no se siente. Se entrena.