Por capítulos · Doce dias de gasoleo · Del catálogo de Margen
La novena firma lleva la fecha de hoy

A las diez y diecisiete, el refugio de Iratxeta tenía gasóleo para doce días. A 2.100 metros, la nieve golpeó primero la pared oeste con un ruido bajo que hizo vibrar los vasos del comedor.
Idoia Bergara, guarda del refugio, levantó la cabeza antes del segundo golpe. Treinta y nueve años, enfermera de urgencias hasta 2019. Reconoció el alud por la duración: no fue un crujido ni una ráfaga, sino una presión sostenida contra la piedra, como si alguien estuviera apoyando el hombro en el edificio y no tuviera prisa.
La puerta del vestíbulo se combó hacia dentro. Dos pestillos saltaron y la hoja quedó sujeta por la barra transversal. En la cocina cayeron tres cazos. La luz parpadeó, regresó y volvió a temblar. Del cuarto del teléfono llegó un chasquido seco. Idoia cruzó el comedor sin correr, bajó la llave general del gas de cocina y mandó a todos apartarse de las ventanas de la ladera.
Miró el reloj. Diez y dieciocho. Empezó por las personas. Fue tocando hombros, mirando pupilas y pidiendo respuestas completas, porque una ceja abierta, dos manos doloridas y una respiración rápida caben enteras detrás de un estoy bien. No encontró sangre ni deformidades. Aitor Sein, diecisiete años, en prácticas de guarda esa temporada, se había golpeado una rodilla contra un banco. Podía apoyarla.
A las diez y veinte comprobó la cocina y el cuarto del generador. Ningún olor a combustible, nada de agua en el suelo, ningún fusible quemado. Apagó el generador para oír el edificio sin su traqueteo. Revisó las paredes del almacén, las uniones del techo y la puerta trasera. La salida principal no cedió ni un centímetro cuando empujó la barra: la nieve prensada le cubría la mitad de abajo por fuera.
Subió al dormitorio alto y abrió una contraventana lo justo. El sendero de acceso había desaparecido bajo una lengua compacta de nieve y ramas. El poste del cable telefónico estaba inclinado y se había llevado los dos hilos de cobre fuera de sus bornes. Idoia apuntó la hora y los daños en su libreta de tapas rojas.
A las diez y veintiocho encendió la radio de emergencia, extendió la antena, dio su identificación y esperó. Del repetidor llegó una voz partida. Repitió posición, número de personas, estado médico y daños hasta que del otro lado confirmaron entre cortes: aviso recibido, acceso terrestre cerrado, helicóptero imposible mientras siguieran las nevadas. La primera ventana de vuelo quedaba a once o doce días.
Habían pasado trece minutos. Idoia reunió a todos en el comedor e hizo el recuento por nombres. Txomin Elordi, pastor, sube el correo del club desde 1994. Fani Quiroga, geóloga, había llegado el día antes a cambiar unos sensores. Aitor contestó después de ella y flexionó la rodilla para demostrar que aguantaba. Mercedes Arriaga, jueza de paz jubilada, estaba junto a la estufa. Ramiro Bouzas, montañero y carpintero de ribera, seguía de pie. Lena Bouzas, montañera y anestesista, hermana de Ramiro, se frotaba los antebrazos. Casimiro Lete, setenta y un años, socio del club, el único que había subido con lápiz propio, cerró el recuento.
Ocho personas.
—Necesito saber cuánto combustible tenemos —dijo Idoia—. Hasta que lo sepa, no se enciende nada que no sea imprescindible.
Fue con Fani al depósito. La mirilla lateral marcaba doscientos cuarenta litros, doce garrafas de veinte. Idoia lo comprobó además con la varilla, porque el golpe podía haber movido el indicador, y la mancha de gasóleo quedó a la misma altura. Después miró las anotaciones de consumo: cinco litros por hora con luz, bombas de agua y calefacción.
Volvieron al comedor. Idoia escribió la cuenta en una hoja grande y la dejó en medio de la mesa, donde todos pudieran verla: doscientos cuarenta entre cinco, cuarenta y ocho horas de generador. A cuatro horas al día, doce días. Dos al amanecer para calentar el edificio y mover el agua, dos al final de la tarde para cocinar y cargar baterías.
—Cuatro horas es muy poco —dijo Mercedes.
—Es lo que permite llegar al día doce con margen para arrancar —respondió Idoia—. Si gastamos más ahora, luego no hay dónde comprarlas.
Lena tenía frío. Se le veía en los dedos rígidos y en cómo se sujetaba los codos, y no pidió que encendieran nada. Idoia le acercó una manta y Lena la cogió sin decir nada. Luego le palpó la rodilla a Aitor alrededor de la rótula y descartó lesión urgente.
Ramiro señaló la puerta enterrada.
—Podemos salir por arriba, cruzar a Larrondo y bajar hoy. Cada hora que esperemos, la nieve nos tapia un poco más.
Txomin se inclinó sobre el plano clavado en la pared.
—Por el corredor de Larrondo no baja nadie. La nieve nueva se ha apoyado encima de la vieja y no se ha agarrado. El primer peso que entre la suelta.
—No lo has visto desde fuera.
—He visto qué lado ha recibido el alud y de dónde sopla. Con eso me sobra.
—Yo he bajado ese corredor cuatro veces.
—En marzo. Y con la vieja asentada. —Txomin puso el dedo en el plano y lo dejó ahí—. Hoy es otro corredor.
Ramiro apoyó las manos en la mesa y las retiró.
—Aquí dentro hay ocho personas, uno con una rodilla y una que ya está tiritando.
—Y si te vas y te enterramos, hay siete y una guarda subiendo a buscarte —dijo Txomin.
—No sale nadie —cortó Idoia—. No tenemos radio continua, la ruta normal está cubierta y puede caer una segunda masa. Cuando la ladera deje de cargar, salimos a mirar. Hoy, no.
Durante la hora siguiente trabajaron con guantes y abrigos puestos. Ramiro cortó dos listones y apuntaló la puerta del vestíbulo sin perforar la piedra. Fani marcó con lápiz tres fisuras antiguas del almacén para ver si crecían. Mercedes contó ciento seis raciones completas, comida para más días que el combustible, aunque no muchos más. Aitor juntó las baterías al lado de la radio, las cargadas a un lado y las gastadas al otro. Lena dejó ocho fichas médicas numeradas encima del botiquín. Casimiro pidió un lápiz, comprobó que escribía y apuntó en la primera línea la hora exacta del último apagado.
Había subido a Iratxeta treinta inviernos. No lo mencionó.
A las doce, Idoia dio por radio una actualización breve: recuento, lesiones leves, teléfono cortado, acceso cubierto, cuarenta y ocho horas de generador. Anotó la respuesta y guardó el aparato con una batería puesta y otra de reserva. Después encendió el generador veinte minutos para bombear agua al depósito de arriba, y Casimiro cronometró el gasto desde el primer giro del motor.
Cuando terminó el bombeo, el comedor volvió a enfriarse deprisa. Idoia repasó las tareas, corrigió dos cifras del inventario y metió la hoja del racionamiento en una funda de plástico. Le faltaba el parte para el club: las personas, con su hora de llegada, y los daños.
Sacó el libro de firmas y se sentó debajo de la única lámpara de batería. Fue copiando los nombres uno a uno, apoyando la punta del lápiz en cada línea para no saltarse ninguna. Al llegar abajo volvió arriba y los contó otra vez, tocando línea por línea.
En el libro había nueve firmas con la fecha de hoy. En el comedor había ocho personas.