
En 1948, un tendero pidió en la Universidad Drexel un sistema para cobrar más rápido en caja. El estudiante Bernard Silver lo oyó y se lo contó a su amigo Joseph Woodland, que se obsesionó con el problema. Meses después, sentado en una playa de Miami, Woodland dibujaba puntos y rayas de código morse en la arena cuando arrastró los dedos hacia abajo. Las rayas se alargaron. Ahí estaba: un morse ancho, legible por una máquina.
Patentaron la idea en 1952, pero la tecnología no existía aún: hacían falta láseres y ordenadores baratos. La patente caducó antes de dar un dólar.
El 26 de junio de 1974, en un supermercado de Troy, Ohio, un escáner leyó el primer código de barras de la historia sobre un paquete de chicles Juicy Fruit. Aquel paquete acabó en el museo Smithsonian. La arena, en cambio, se la llevó la marea.