Mi abuela caminaba la playa al amanecer no para encontrar nada, sino para ver qué había decidido devolver el mar esa noche.
Íbamos las dos cuando el cielo todavía no se había puesto de acuerdo con el color. La arena, recién planchada por la marea, guardaba una lámina de agua que nos copiaba caminando del revés, como si otras dos, más antiguas, fueran por debajo del mundo haciendo el mismo camino. Ella no hablaba mucho a esa hora. Decía que la playa al amanecer era una habitación que alguien acababa de dejar, y que había que entrar con respeto.
Recogía poco. Una madera curva, pulida hasta el hueso. Un trozo de cristal verde al que el mar le había quitado todos los filos, esa paciencia lenta de convertir un vidrio roto en algo que no puede herir a nadie. "Mira", me decía, "tardó veinte años en volverse manso". Yo entonces no sabía que me estaba enseñando algo sobre las personas.
Lo que no recogía, lo nombraba. Un zapato solo. Una red enredada como un pensamiento. Una carta de plástico borrada. Les ponía una historia breve y los dejaba donde estaban, para la siguiente marea. "No todo lo que encuentras es para llevártelo", decía. "Algunas cosas solo quieren que las veas una vez."
Murió en marzo, tierra adentro, lejos de cualquier costa. La mañana del entierro me levanté a la hora de nuestros paseos por pura costumbre del cuerpo. No había mar. Pero al abrir la ventana el aire traía ese frío limpio de antes del sol, y entendí que la playa nunca fue el lugar. Era la hora. Esa franja en que el día aún no ha decidido qué va a pedirte. Ahora, cuando no puedo dormir, salgo a esa hora a donde sea y camino, y voy nombrando lo que la noche dejó en la orilla de la ciudad, y la dejo estar.