
Escribir un diario es sacar los pensamientos de la cabeza para mirarlos de frente. Dentro del cráneo, un problema da vueltas en bucle; sobre el papel, tiene principio, final y, a menudo, un tamaño mucho más razonable del que aparentaba.
No es solo una intuición. El psicólogo James W. Pennebaker estudia desde los años ochenta la llamada escritura expresiva: en sus experimentos, escribir quince o veinte minutos sobre experiencias difíciles, durante tres o cuatro días seguidos, mejoró indicadores de salud y bienestar de los participantes, desde las visitas al médico hasta el estado de ánimo.
No hace falta talento ni constancia perfecta. Sirven tres líneas por la noche, una página por la mañana o una sola pregunta: ¿qué me está pesando hoy? El papel es el único interlocutor que te deja terminar todas las frases.
Fuente: investigación de James W. Pennebaker, Universidad de Texas en Austin