Curiosidad · Del catálogo de Margen
La torre de Pisa sigue en pie por lo mismo que la inclina

La torre de Pisa empezó a inclinarse casi enseguida: las obras arrancaron en 1173 y, al llegar a la tercera planta, el subsuelo —arcilla, arena y limo, blando como una esponja— ya había cedido por un lado. Se tardó unos doscientos años en terminarla, con guerras y pausas larguísimas por medio que, de paso, dieron tiempo al terreno a asentarse.
Lo lógico sería pensar que una torre torcida sobre suelo esponjoso es lo peor que puede pasarte en zona sísmica. Y la región ha vivido varios terremotos fuertes desde la Edad Media. La torre los ha aguantado todos.
En 2018, un equipo de dieciséis ingenieros dio con la explicación: la combinación de esa torre alta y rígida con ese suelo tan blando hace que ambos no vibren al compás del terremoto. El terreno amortigua la sacudida y la torre, sencillamente, no entra en resonancia. Es un caso de manual —quizá el más extremo del mundo— de lo que los ingenieros llaman interacción suelo-estructura.
Es decir: el mismo barro que la torció la protege. Si Pisa estuviera bien cimentada, quizá haría siglos que no existiría.