Por capítulos · Once colegios y un horno de 1931 · Del catálogo de Margen
El comercial sabía el número antes del boletín

Antes: la inspectora dio a Celso Larrauri 21 días por el benzopireno y vuelve el jueves 28. Le quedan diez colegios.
El viernes 15 Celso Larrauri hizo la última entrega de doce años y se quedó con nueve colegios, las dos cosas en la misma mañana.
A las siete y cuarenta y cinco estaba en la cuesta de cemento del Santa Bárbara, con la persiana metálica a media altura y las ochenta barras en la caja. Amalia Resano, jefa de cocina del centro, las contó como cada día.
—Ochenta.
—Ochenta.
Firmó el albarán apoyándolo en la persiana, arrancó la copia rosa y se la dio por el hueco, igual que todas las mañanas de doce cursos. Luego pasó el dedo por la casilla del total de la semana y escribió dos letras al lado.
—¿Qué pones?
—«Fin». Para que la que venga detrás de mí sepa dónde se acaba tu columna.
—El lunes empiezan ellos.
—El lunes empiezan ellos. —Amalia Resano dejó la caja vacía en el peldaño—. Celso, la caja esta es tuya desde 2014 y yo no tengo dónde meterla. Llévatela.
Celso la cargó en la furgoneta, encima de las otras, y bajó la cuesta a primera para no quemar el embrague.
Los cinco colegios de abajo le llevaron de las ocho a las nueve menos diez, porque están en dos calles y entra por la cocina en los cinco. A las nueve y diez entró en el patio del obrador y la furgoneta del laboratorio ya estaba allí, con el motor apagado y la puerta de atrás abierta.
Donato Lerga, mensajero del laboratorio de Logroño, pasa los viernes a recoger las muestras del plan de autocontrol: una de agua, una de harina y un bote de masa.
—Buenos días. ¿Las tiene?
—Las tiene mi hija, que ya baja. Donato, una pregunta.
—Dígame, pero deprisa.
—Cuando usted se lleva una muestra, ¿qué va escrito en el bote?
—La etiqueta. —Donato cogió una de la caja y se la enseñó—. Nombre de la empresa, fecha, hora, qué es. Y si la muestra va asociada a un expediente, el número del expediente.
—¿Y eso lo ve alguien más?
—Lo ve quien abra la caja en el laboratorio, y lo veo yo, que soy el que firma la recogida.
—¿Y antes de que yo se la dé? Antes de llegar aquí, ¿usted lleva ya algo mío?
—Llevo la hoja. —Donato se dio dos golpecitos en la carpeta—. La hoja de ruta me la imprimen en Logroño antes de salir, con las paradas del día y lo que tengo que recoger en cada una. Si una recogida va con expediente, el número viene impreso en mi línea, porque eso no lo escribo yo a mano. Lo manda el laboratorio.
—¿Desde cuándo lo imprimen?
—Desde enero. —Donato cerró la puerta de atrás con la cadera—. Antes la hoja venía con las paradas y lo demás lo escribía yo en la furgoneta, con el bolígrafo en la boca y la caja en las rodillas. Se perdían recogidas, se cambiaban botes, hubo un lío gordo en octubre con dos muestras de dos queserías. Ahora me lo dan todo impreso, con los números puestos, y yo solo firmo. Es mejor para todos.
—¿Y la hoja la lleva usted encima todo el día?
—La llevo en la carpeta. Y la carpeta la dejo donde me dejan dejarla, señor Larrauri, que yo descargo con las dos manos.
Izaskun Larrauri, veintinueve años, administrativa del obrador e hija de Celso, bajó con las tres muestras en una bolsa, firmó la recogida, se quedó la copia y la metió en la carpeta de albaranes sin mirarla.
A las nueve y cuarenta Celso subió al Erreniega, que es el colegio más alto de la comarca, doscientos diez niños y la única carretera a la que sube con cadenas tres días al año. No llamó antes porque al Erreniega nunca ha hecho falta llamar antes.
Milagros Beunza, cocinera del centro desde once cursos, le estaba esperando en la puerta de la cocina con la bata puesta y no le dejó descargar.
—Deja la de hoy y no bajes más.
—Milagros.
—Que no bajes más, Celso. Y no lo digo yo: lo dijo el consejo escolar ayer a las cinco de la tarde.
—¿El consejo escolar se reunió por el pan?
—Se reunió por otras tres cosas y lo del pan entró de rebote, porque una madre llevó un papel.
—¿Qué papel.
—Un papel con el número de un expediente y una frase debajo. La frase decía que el obrador que nos sirve tiene abierto un expediente de salud pública por un contaminante en el pan. Con esas palabras. Y lo leyó en voz alta delante de catorce personas y de la directora.
—El expediente dice que siga sirviendo a los once hasta el veintiocho. Lo firmé yo el jueves siete.
—Eso me lo has dicho tú ahora. Allí, ayer, a las cinco de la tarde, no estaba nadie que lo dijera.
Milagros Beunza se metió las manos en los bolsillos del delantal y sacó una cuartilla doblada en cuatro.
—Y antes de que me lo preguntes: la madre la dejó encima de la mesa y yo me la quedé.
Celso la desdobló. Era la misma carta que llevaba él en el mandil desde el martes: el mismo membrete azul con la espiga, el mismo párrafo segundo, el mismo número de expediente escrito con todas sus letras. La única diferencia estaba arriba.
—Esta es del once.
—Esa es la que llevó la madre.
—La mía es del ocho. Me la dio una cocinera del San Jorge.
—Pues las van repartiendo por orden.
Celso se guardó las dos, una en cada bolsillo.
—Milagros, una última cosa. Los panecillos de mayo.
—Ya.
—Son cuatrocientos y se piden en abril.
—Lo sé, los he pedido once años. —Milagros cogió la caja del día y la metió ella misma en la cocina—. Ayer la directora me pidió que escribiera una nota para las familias explicando lo del pan. No la he escrito y no la voy a escribir, porque yo no sé lo que dice ese papel y no voy a firmar lo que no sé. Pero si para mayo esto no está cerrado, la nota la escribe otra.
—Para mayo está cerrado.
—Eso dímelo el veintinueve.
A las once y veinte, en la oficina, Izaskun tenía el altavoz puesto y al laboratorio de Logroño al otro lado.
—…entonces lo que me dice es que el número del expediente lo imprimen ustedes en la hoja del mensajero.
—En la orden de recogida. —La voz era de Edurne Ilundain, responsable de calidad del laboratorio—. Es lo que nos permite asociar el resultado al procedimiento, señora Larrauri.
—¿Y quién puede ver esa orden?
—El mensajero, que la lleva encima, y nosotros, que la recibimos de vuelta. Y usted, que firma su línea.
—¿El mensajero hace más paradas?
—Claro que hace más paradas. Una ruta no se monta para un cliente.
—¿Y en esas paradas la hoja se queda encima de un mostrador?
Hubo un hueco corto al otro lado, de los que no se rellenan.
—Eso ya no se lo puedo contestar yo.
Izaskun colgó y se quedó mirando la pared de la tiza, donde su padre apunta las temperaturas de todas las hornadas de la semana, con el 3,1 del martes de hace diez días y, debajo de la raya, un nueve.
—Aita.
—Dime.
—Hay una cosa que no cuadra y no es la que estábamos buscando.
—Habla.
—Zacarías Urdiain, el comercial de Duero, le enseñó a Benigna el número del expediente el viernes ocho. Eso ya lo sabíamos. Pero el número está en tres sitios: aquí, en salud pública y en el laboratorio.
—Lo dijiste el martes.
—Lo dije el martes y me faltaba la mitad. —Izaskun giró la pantalla, aunque sabía que su padre no la iba a leer—. En el acta que firmaste el jueves siete está el número del expediente. El tres con uno no está en el acta: el tres con uno está en el informe del laboratorio, que es otro papel y llegó por correo el martes cinco.
—¿Y eso qué nos da?
—Nos da una manera de saber qué ha visto cada uno. Quien va diciendo el número puede haber visto el acta. Quien diga además el tres con uno, no.
Celso se sentó en la silla de la oficina, que es donde no se sienta nunca.
—Nadie ha dicho el tres con uno.
—Todavía.
Zacarías Urdiain apareció en el obrador a la una y cuarto, sin llamar antes, con una carpeta y un abrigo de media estación, y le pidió a Celso cinco minutos.
—Cuatro —dijo Celso.
—Con cuatro me sobra. —Zacarías Urdiain, treinta y ocho años, comercial de Panificadora Duero, dejó la carpeta cerrada encima del mármol, al lado de las dos barras de canto que seguían allí desde la semana anterior—. Vengo a ofrecerle algo que no le ha ofrecido nadie.
—Diga.
—Nosotros nos quedamos los colegios. Los nueve, los once, los que queden el veintiocho. Y usted sigue cociendo aquí.
—¿Cociendo para quién.
—Para nosotros. Línea de horno de leña, pan de pueblo, etiqueta aparte. Nos pone cuatrocientas barras al día y nosotros nos comemos los comedores, las facturas y las inspecciones.
—¿Y el horno?
—El horno es suyo. Nadie le va a tocar el horno.
Celso se limpió las manos en el mandil, aunque las tenía secas.
—¿Y por qué me lo ofrece hoy y no el mes que viene?
—Porque el mes que viene usted no tiene nada que vender. —Zacarías lo dijo sin levantar la voz y sin sonreír—. Mire, señor Larrauri, yo no he hecho nada que no haga cualquiera. He llamado a once cocinas. Siete me han cogido el teléfono. Dos me han dicho que sí y una está a punto. Eso es mi trabajo.
—Y a las once les ha enseñado un papel con mi número de expediente.
—Yo no he enseñado nada que no vaya a ser público.
—El boletín sale el jueves veintiuno. Me lo dijo la inspectora con el acta encima de este mármol. Hoy es viernes quince.
—Entonces saldrá el jueves.
—Su carta a Benigna tiene fecha del ocho. Y la del Erreniega, del once.
Zacarías abrió la carpeta por fin, no para sacar nada, sino para cerrarla otra vez.
—Señor Larrauri, un expediente con tres con uno de benzopireno en corteza, en pan de comedor escolar, no es un secreto que se pueda guardar tres semanas. Lo iba a saber todo el mundo.
Y ahí se calló, un segundo después de lo que le convenía.
Celso no se movió del sitio. Eulogio Satrústegui, amasador, que llevaba desde las nueve limpiando la artesa de espaldas a los dos, dejó la rasqueta en el mármol, y la rasqueta hizo el ruido que hace una rasqueta.
—Tres con uno —dijo Celso.
—Es lo que pone.
—¿Dónde pone.
—En el expediente.
—En el expediente pone el número, la fecha y lo que me obligan a hacer. El tres con uno está en el informe del laboratorio de Logroño, que es otro papel y no sale en ningún boletín. —Celso cogió el abrigo de Zacarías del respaldo y se lo dio—. Sus cuatro minutos.
Zacarías Urdiain se puso el abrigo despacio, le dio las gracias y le dejó la tarjeta en el mármol, boca arriba: membrete azul con la espiga.
—Piénselo igual —dijo en la puerta—. El lunes tengo que llamar al Sagrado Corazón.
Cuando el coche salió del patio, Eulogio habló sin darse la vuelta.
—La leña entró ayer.
—Ya lo sé.
—Paulino metió los dedos en la ceniza de tu cámara, se los olió dos veces y dijo que la haya no deja eso. Y después te preguntó qué leña quemas, y tú contestaste haya.
—Contesté haya.
—Celso, el albarán de la leña de febrero de hace dos años lo firmé yo, porque tú estabas en el médico. Yo no sé leer un análisis, pero sé lo que firmé.
Celso se quedó con la tarjeta de Zacarías en la mano.
—¿Y qué firmaste?
—Lo que decía el papel. Y el papel no decía haya.
Izaskun bajó con la carpeta de albaranes a las dos menos diez y la abrió encima del mármol, entre las dos barras y la tarjeta.
—Aita, aquí está la harina, la levadura, la sal, el hielo, el mantenimiento de la cámara y el gasóleo. La leña no está.
—La leña la llevo yo.
—La leña la llevas tú desde cuándo.
—Desde que la llevo.
—Eso no es una fecha.
—No, no es una fecha.
Izaskun cerró la carpeta sin discutir, que es lo que hace cuando decide que va a volver sobre algo, y se llevó a la mesa de la ventana la copia de la recogida de esa mañana, donde hay luz, para archivarla.
La leyó porque la estaba archivando, no porque la estuviera buscando.
—Aita. Sube.
Celso subió con el mandil puesto. Izaskun tenía delante la hoja de Donato Lerga, un impreso de tres copias con la ruta impresa abajo en letra de ocho puntos.
—Lee la línea nuestra.
Celso no lee esas letras sin gafas, y las gafas estaban abajo, así que la leyó ella, despacio y entera.
—Obrador Larrauri. Recogida: autocontrol, tres botes. Expediente, el número tuyo. Y detrás, en la misma línea, el antecedente: corteza, tres coma uno.
—Eso va impreso.
—Eso va impreso desde enero, aita, en todas las hojas, y no lo escribe Donato. —Izaskun le puso el dedo en el renglón de abajo y no lo quitó—. Ahora lee la ruta. Ruta 4, viernes. Salida de Logroño a las seis y media. Primera parada, Panificadora Duero, polígono de Berriozar, a las siete y cincuenta. Segunda, Lácteos Garro. Tercera, nosotros, a las nueve y diez.
Celso se apoyó en la mesa con las dos manos.
—El primer viernes que nuestra muestra viajó con el expediente encima fue el viernes ocho, el día siguiente de que firmaras el acta —dijo Izaskun—. Esa mañana Donato salió de Logroño a las seis y media con nuestro número y nuestro tres con uno ya impresos en su hoja, y a las siete y cincuenta estaba descargando en el patio de Duero, con la carpeta en la mano y una hora y veinte de adelanto sobre nosotros.