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Microrrelato · Del catálogo de Margen

Regreso

Volví al pueblo después de treinta años. Bajé del autobús con la maleta pequeña y el corazón grande, dispuesto a que me abrazaran como al hijo pródigo.

Camino de la plaza saludé al panadero, a la maestra vieja, al cartero. Todos me miraron con esa cortesía distante que se reserva a los forasteros. Nadie me reconoció.

Me dolió, pero me dije que el tiempo desfigura a cualquiera.

Al pasar junto al cementerio, en la primera lápida, la que da a la carretera, leí mi propio nombre grabado en la piedra. Y la fecha: el mismo día en que, treinta años atrás, había prometido volver.

Entonces recordé el accidente en la curva, a la salida del pueblo. Y por fin entendí por qué había tardado tanto.