El detective interrogó, uno por uno, a todos los que aquella noche estuvimos en la casa. El mayordomo, la cocinera, la sobrina endeudada, el socio nervioso. Coartadas sólidas, historias que encajaban. Iba a cerrar el caso como accidente.
—Falta alguien —dijo, y señaló la jaula del rincón.
Trajeron al loro a la sala. El animal se sacudió las plumas, ladeó la cabeza y, con la voz exacta de la difunta, repitió lo último que había oído gritar a su dueña antes del disparo.
Dijo mi nombre.
Y yo, que había planeado el crimen perfecto durante un año, no había contado con que ella tuviera tiempo de llamarme.