Le escribí la carta más honesta de mi vida. Tardé tres noches. Le confesaba todo lo que nunca había podido decirle en voz alta: que la quería desde el primer día en el mercado, que guardaba el pañuelo que se le cayó, que pensaba en ella al despertar.
Se la entregué temblando en el banco de siempre. Ella la desdobló despacio, recorrió las líneas con los ojos, sonrió, y me la devolvió sin decir palabra.
Caminé a casa feliz, creyendo en un sí.
Solo esa noche, tumbado en la oscuridad, comprendí lo que había pasado. La había copiado letra por letra de un libro, porque yo no sé leer ni escribir.
Y ella, al devolvérmela con aquella sonrisa dulce, me estaba diciendo que tampoco.