Cada noche, a las tres en punto, el vecino de arriba arrastraba una silla por el suelo. Un chirrido largo, seco, siempre idéntico, como si tirara de algo pesado hasta el centro de la habitación.
Durante meses lo soporté con almohadas sobre la cabeza. Una madrugada, harta, subí en pijama y golpeé la puerta del sexto.
Nadie abrió.
A la mañana siguiente pregunté a la portera por el hombre del sexto B.
—¿El sexto B? —se quitó las gafas—. Ese piso lleva diez años cerrado. Desde que el pobre señor Ferreira se colgó. De una viga. Tuvo que subirse a una silla.