
Antes de vivir en tu dirección de correo, la arroba pasó siglos entre sacos y toneles. Era una unidad de medida del comercio: en Castilla, una arroba eran veinticinco libras, la cuarta parte de un quintal, unos once kilos y medio. La palabra viene del árabe ar-rub, «la cuarta parte», y los escribanos la abreviaban con una a envuelta en su propio rabo: @.
Con ese garabato se anotaban arrobas de aceite, de vino y de harina en los libros de cuentas de medio Mediterráneo. Se conserva una carta mercantil de 1536, enviada de Sevilla a Roma, en la que el símbolo cuantifica la carga de unos barcos llegados de América. Y en parte de América Latina la arroba sigue viva fuera de las pantallas: en Colombia, el café todavía se compra por arrobas de doce kilos y medio.
En 1971, el ingeniero Ray Tomlinson buscaba un carácter para separar el nombre de una persona del nombre de su máquina en el primer correo entre ordenadores. Eligió la @ precisamente porque no la usaba casi nadie: estaba en el teclado, no aparecía en ningún nombre propio y en inglés se leía «at», «en». Un signo de almacén, polvoriento y medio olvidado, se convirtió en el símbolo más tecleado del planeta.