
El wombat, un marsupial australiano con aspecto de peluche gruñón, es el único animal conocido que produce excrementos cúbicos. Cubos de verdad: unos dos centímetros de lado, caras planas, aristas definidas. Y no hace pocos: hasta un centenar en una sola noche.
Durante años fue un misterio serio. La respuesta llegó de un equipo de Georgia Tech, con la ingeniera Patricia Yang al frente, junto a investigadores de Tasmania: la clave no está en la salida, sino en el intestino. Su último tramo alterna zonas rígidas y zonas elásticas que se contraen a ritmos distintos, y esa irregularidad va moldeando esquinas donde cualquier otro intestino haría esferas. Ayuda que la digestión del wombat sea lentísima —más de dos semanas— y exprima casi toda el agua: la masa sale seca y conserva la forma.
¿Y para qué quiere nadie fabricar cubos? Territorio. El wombat deposita sus marcas bien visibles sobre rocas y troncos, a la altura del hocico de los vecinos, y un cubo tiene una virtud que ninguna esfera puede ofrecer: no rueda.
El hallazgo ganó un premio Ig Nobel en 2019, el galardón a la ciencia que primero hace reír y luego pensar. Difícil encontrar mejor ejemplo.