
Ningún mapa vuelve a plegarse como venía de fábrica.
Lo abres una vez —una gasolinera, un desvío, agosto— y ya es otro animal: le nacen lomos, valles, cordilleras que la cartografía no había previsto.
Mi padre sabía domarlos en tres gestos, sobre el volante. Yo los devuelvo a la guantera como quien encierra un pájaro.
Ahora una voz tranquila recalcula mi ruta. Nunca me he perdido tan correctamente.
Pero al fondo de la guantera el país sigue mal doblado, y en cada arruga guarda un agosto.