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Microrrelato · Del catálogo de Margen

Las postales

La primera llegó un jueves de marzo: un faro báltico bajo un cielo de pizarra. «El agua es más fría de lo que parece desde aquí.» Sin remitente. La letra era la mía.

No una letra parecida: la mía. El rabito torcido de las ges, la manía de no cerrar las oes. Hasta la firma, la que ensayé un verano entero a los catorce años.

Desde entonces, cada jueves: un desierto naranja, una ciudad de tranvías amarillos, un hotel de montaña con la piscina vacía. Frases pequeñas, de quien por fin descansa. «Aquí anochece tardísimo.» «He aprendido a dar las gracias en otro idioma.» Guardo veintitrés en la caja de las fotos, atadas con una goma del pan.

He comparado la tinta con la de mis bolígrafos. He preguntado en Correos, donde ya me conocen. He dejado de enseñárselas a nadie.

La de hoy no trae ningún paisaje. Es mi calle. Mi portal, mi balcón con la persiana a medio bajar, la luz de la cocina encendida en pleno día. Y detrás, tres palabras, con mi letra de siempre:

«Ya casi llego.»