Curiosidad · Del catálogo de Margen
¿Quién mandó a medio Londres al número 54 en 1810?

A las cinco de la mañana del 27 de noviembre de 1810, un deshollinador llamó a la puerta del 54 de Berners Street, en Londres, y dijo que venía citado. La señora Tottenham, viuda, que vivía allí con su servicio, contestó que no había llamado a ningún deshollinador. El hombre se fue refunfuñando. A los pocos minutos llegó otro deshollinador. Y detrás, un tercero.
A las siete empezaron los carros de carbón. Según los periódicos de aquellos días llegaron uno tras otro, con los sacos pedidos y pagados, y el carretero de turno exigiendo descargar en el número 54 porque allí lo habían mandado. Después vinieron los pasteleros con tartas de boda. Después los zapateros con hormas, los moldes de madera del pie. Después un fabricante de órganos, los fabricantes de pianos, los tapiceros con sillas, los pescaderos con cajas que había que meter en hielo ya mismo, y un carnicero con un lomo de cerdo encargado para un convite.
Berners Street era una calle estrecha de casas de ladrillo al norte de Oxford Street. Hacia media mañana no se podía pasar. Los carros que no lograban descargar bloqueaban a los que venían detrás, y los que venían detrás tampoco podían dar la vuelta en una calle de ese ancho. Los vecinos salieron a las ventanas y se quedaron. Fue el mejor espectáculo gratis de Londres aquel martes.
Durante la tarde siguieron llamando médicos, abogados, clérigos y empleados de pompas fúnebres. A la viuda le ofrecieron, en el mismo día, un ataúd a medida, un carruaje de luto, una partida de vino, aprendices para un oficio que no tenía y los servicios de una comadrona. Hubo que traer agentes de la comisaría de Marlborough Street a ordenar el tráfico de una calle que no tenía por qué tener tráfico, y allí se quedaron hasta bien entrada la noche. El último visitante, cuentan, llegó pasada la medianoche.
De aquel desfile, lo que cuentan los periódicos de entonces son oficios —deshollinadores, carreteros, pasteleros, médicos, enterradores— y una visita de postín: la prensa del 28 de noviembre de 1810 recoge la del lord alcalde de Londres. Los demás próceres con los que suele adornarse el cuento, el gobernador del Banco de Inglaterra, el duque de York y el arzobispo de Canterbury, entraron en la historia en relatos escritos décadas más tarde.
¿Quién había citado a toda esa gente?
Se llamaba Theodore Edward Hook, tenía 22 años, escribía comedias musicales con bastante éxito para su edad y era conocido en los salones por su facilidad para improvisar canciones sobre cualquiera que estuviera presente. Según su biógrafo, Hook había apostado con un amigo que era capaz de convertir cualquier casa de Londres, elegida al azar, en la dirección más famosa de la ciudad en una semana. Pasaron por Berners Street, señaló el 54 y se puso a trabajar. Alquilaron una habitación en la casa de enfrente para el día señalado y pasaron la jornada en la ventana.
El trabajo fue correo: semanas escribiendo cartas a mano, cada una a un proveedor distinto, todas firmadas con el nombre de la señora Tottenham, todas con una cita a una hora distinta del 27 de noviembre. Un deshollinador a las cinco. Otro a las cinco y cuarto. El carbón a las siete. Las tartas a las nueve. Lo que convirtió la broma en atasco fue el escalonado. Las citas no se amontonaron por azar: las horas estaban repartidas desde antes del amanecer hasta la noche, de manera que cada oficio llegara cuando el anterior todavía estaba descargando. La casa recibió un goteo de diecinueve horas.
La broma, además, solo podía funcionar en una ciudad sin teléfono. En 1810 un pedido por escrito se confirmaba yendo a verlo: el proveedor recibía una carta con una dirección y una hora, cargaba el carro y se presentaba. Comprobarlo antes costaba mandar a alguien a preguntar y perder media mañana, más de lo que valía la mitad de los encargos. Hook no falsificó nada difícil: falsificó lo único que nadie verificaba.
A Hook no le abrieron causa. No consta ninguna: ningún periódico de aquellos días registra diligencias y la perjudicada no reclamó. No entró en la casa, no robó, no amenazó y no firmó un documento con valor económico. Las cartas llevaban el nombre de otra persona, pero ninguna reclamaba dinero a nadie, y los proveedores habían acudido por su cuenta y a su costa. Cuando la autoría empezó a circular por los clubes, él ya se había ido una temporada al campo a dejar pasar el asunto.
Quien pagó la broma fue la gente que trabajaba. El deshollinador perdió la mañana y el jornal de la mañana. El carretero del carbón descargó en otro sitio o se volvió con el carro lleno, y el carbón que no se descarga no se cobra. Los pasteleros tenían tartas hechas, con el azúcar ya comprado, que no iban a ninguna boda. Los pescaderos llevaban género que aguantaba un día. El carnicero se quedó con el lomo del convite. Nadie reclamó, entre otras cosas porque nadie sabía a quién: las cartas venían firmadas por una viuda que no las había escrito, y la viuda no tenía dinero para indemnizar a media calle ni culpa que indemnizar. El coste se repartió en cuotas pequeñas entre un par de docenas de oficios, y por eso pudo parecer que salía gratis.
En la prensa de aquellos días está el 27 de noviembre: la dirección, la viuda, el desfile de proveedores, el atasco, los agentes. La cifra de cartas, en cambio, cambia según quién la escriba: mil, dos mil, cuatro mil. Nadie las contó, y no hay dónde comprobarlo.
La autoría quedó fijada por escrito en 1849, treinta y nueve años después de la broma y ocho después de la muerte de Hook, en la biografía que sacó la familia Barham: Vida y papeles de Theodore Edward Hook. El padre, Richard Harris Barham, clérigo y escritor, había sido amigo de Hook y escribió sobre él al morir este en 1841; el volumen de 1849 lo cerró su hijo, que firma la edición. El libro recogió el episodio como propio del amigo y le puso los detalles que hoy se repiten. La broma más famosa de Londres está probada por un libro de memorias. Se sostiene porque la contó alguien en condiciones de saberlo y porque los hechos de la calle sí los contaron los periódicos, cada uno con los suyos.
A Hook la impunidad no le duró para todo. En 1813, con 24 años y sin experiencia contable conocida, el gobierno lo nombró tesorero y contador general de la isla Mauricio, una colonia recién tomada a Francia en el Índico. Estuvo cuatro años. En 1817 apareció en sus cuentas un agujero de unas doce mil libras que no supo explicar, lo devolvieron a Londres y le abrieron expediente. Nunca se le probó que se hubiera quedado el dinero; se le consideró responsable de no saber dónde estaba, que a efectos de deuda viene a ser lo mismo. Para entonces ya había fundado y dirigido un semanario político, John Bull, que arrancó en 1820. Pasó dos años preso por deudas, entre 1823 y 1825, y siguió sacando el semanario desde el encierro. Al salir escribió novelas a destajo, cobró bien por ellas y murió en 1841, a los 52 años, insolvente de todas formas.
De la señora Tottenham no se sabe casi nada más. No cobró indemnización, porque no hubo procedimiento. No dejó memorias. Lo único que se conserva de ella es que un martes de noviembre tuvo que decir que no unas cuantas docenas de veces a gente que traía exactamente lo que había pedido por escrito.
Por el 27 de noviembre, el día que le dio fama, Hook no pagó nunca nada. Por las doce mil libras de Mauricio pagó dos años de cárcel.