
Medio grado: eso mide la Luna llena vista desde la Tierra. Lo mide cuando está pegada al tejado de enfrente y lo mide cuando está en lo más alto del cielo, y la diferencia que hay entre las dos posiciones va en el sentido contrario al que te dice el ojo. La Luna del horizonte está más lejos de ti, y por eso se ve un poco más pequeña. La medida lleva dos mil años hecha y nadie la discute. Lo único que discuten los laboratorios es por qué seguimos viéndola enorme.
1. La cifra. El diámetro angular de la Luna oscila entre 29,4 y 33,5 minutos de arco según en qué punto de su órbita esté, con una media en torno a los 31 minutos, que es medio grado. La órbita es lo único que cambia su tamaño aparente, y cambia con el mes, no con la altura sobre el horizonte. Un medio grado es, para que te quepa en la mano, la mitad del ancho del dedo meñique con el brazo estirado.
2. La prueba que puedes hacer esta noche. Sal cuando la Luna esté saliendo, estira el brazo del todo y tápala con la uña del pulgar. Sobra uña. Vuelve tres o cuatro horas después, cuando esté alta, y repite el gesto con el brazo igual de estirado. Sobra la misma uña. Si tienes una cámara, hazle una foto en cada posición con el mismo objetivo y el mismo zoom, y mide los dos discos en la pantalla: salen iguales, con la diferencia de que el disco bajo suele aparecer ligeramente achatado por arriba y por abajo.
3. Por qué está más lejos. Cuando la Luna te queda en el horizonte, la estás mirando desde el borde de la Tierra, no desde el punto del planeta que apunta hacia ella. Eso te separa de ella un radio terrestre de más, 6.371 kilómetros, sobre una distancia media de 384.400. Sale casi un 1,7 % más lejos y, por tanto, un 1,7 % más pequeña que la Luna alta de la misma noche. El ojo, mientras tanto, jura que la ha visto el doble de grande.
4. El achatamiento no es la ilusión, es lo contrario. La atmósfera, cerca del horizonte, desvía la luz que la atraviesa y levanta un poco más el borde de abajo del disco que el de arriba. El resultado es una Luna ovalada, más baja que ancha: la atmósfera, lejos de agrandarla, le quita altura. Quien atribuye la Luna gigante a un efecto de lente atmosférica tiene el efecto medido y tiene el signo al revés.
5. Entonces la ilusión está en el cerebro, y viene de antiguo. Tolomeo, el astrónomo de Alejandría que fijó el cielo de los mil años siguientes, ya escribía sobre ella en el siglo II, y desde entonces se ha propuesto una explicación cada generación. La familia de explicaciones con más apoyo experimental es la de la distancia percibida: entre tú y la Luna del horizonte hay tejados, árboles, laderas y campanarios, una escalera de cosas de tamaño conocido que el cerebro usa para decidir a qué distancia está lo que ve; arriba no hay nada de eso. En 1962, dos psicólogos de la percepción, Lloyd Kaufman e Irvin Rock, publicaron en Science los experimentos de la «luna artificial»: un disco proyectado que los sujetos comparaban con y sin terreno a la vista. Con el terreno tapado, la ilusión desaparecía; destapado, volvía.
6. Cómo romperla en diez segundos, sin instrumentos. Tres trucos que funcionan por la misma razón —quitarle al cerebro el terreno—: mírala por el tubo de cartón de un rollo de papel, que recorta el paisaje; tápate el suelo con la mano abierta, dejando solo el cielo y la Luna; o agáchate y mírala entre tus propias piernas, cabeza abajo, que es el truco clásico y el más eficaz de los tres. En los tres casos la Luna encoge de golpe, y vuelve a crecer en cuanto destapas los tejados.
La ilusión tampoco es cosa de la Luna. El Sol la sufre igual al amanecer, y dos estrellas que en lo alto se ven pegadas parecen separarse cuando bajan al horizonte: el mismo tejado de enfrente que agranda la Luna aparta también a las estrellas.