Curiosidad · Del catálogo de Margen
Un maniquí de la casa del terror era un muerto de 1911

El 7 de diciembre de 1976, un equipo de televisión montaba focos dentro de la casa del terror del parque Nu-Pike, en Long Beach (California), para rodar un episodio de la serie El hombre nuclear. Un técnico apartó un maniquí que colgaba de una horca de atrezo, pintado de naranja fluorescente, y el brazo se le quedó en la mano. Del muñón asomaba un hueso humano.
No era un maniquí. Era Elmer McCurdy, un ladrón de trenes de Oklahoma al que un grupo de rastreadores había matado a tiros sesenta y cinco años antes, el 7 de octubre de 1911. Llevaba desde entonces cobrando entrada.
McCurdy tenía treinta y un años, era fontanero de oficio y llevaba dos intentando vivir de la nitroglicerina. El 4 de octubre de 1911 paró un tren de la Katy —la línea Missouri-Kansas-Texas— cerca de Okesa, al norte de Oklahoma, buscando una caja fuerte con los pagos a los osage, el pueblo indígena que entonces cobraba el petróleo de sus tierras. Había parado el tren equivocado: era un correo de viajeros. Se llevó cuarenta y seis dólares, un revólver, un abrigo, el reloj del revisor y dos garrafas de whisky. Tres días después, los rastreadores lo encontraron durmiendo en el henil de un rancho cerca de Bartlesville. El tiroteo duró una hora. McCurdy murió de un disparo en el pecho.
El funerario de Pawhuska, Joseph L. Johnson, lo embalsamó con un preparado de arsénico —el método corriente de la época, que endurece los tejidos y los conserva durante décadas— y esperó a que alguien reclamara el cuerpo. No apareció nadie. Johnson lo vistió, lo apoyó de pie en un rincón de la funeraria y empezó a enseñarlo por cinco centavos con un cartel: El bandido que no se rendía. Los visitantes metían la moneda en la boca del muerto.
En 1916 se presentaron dos hombres diciendo ser hermanos de McCurdy. Eran los Patterson, dueños de una feria ambulante, y se llevaron el cadáver para exhibirlo por el Medio Oeste. De ahí pasó de mano en mano durante sesenta años, siempre como atracción: un museo del crimen que recorría California cobrando por ver a asesinos reales y una película de propaganda antidroga rodada en 1933. En algún momento, ya en los años sesenta, alguien dejó de contar que era un muerto: lo cubrieron de pintura fosforescente y lo colgaron en un pasaje del terror de Long Beach, donde durante años los operarios lo trataron como lo que creían que era, un muñeco de cera barato.
La identificación la hizo la oficina del forense del condado de Los Ángeles, que dirigía Thomas Noguchi, el forense que había firmado las autopsias de Marilyn Monroe y de Robert Kennedy. Dentro del cuerpo apareció una bala del calibre .32 que nadie había extraído. Y en la boca, donde los visitantes de 1911 metían las monedas, quedaban dos cosas que fecharon la vida del cadáver: un centavo de 1924 y una entrada del museo del crimen de Los Ángeles. Con eso, y con las fotos de la funeraria de Pawhuska, se le puso nombre.
Oklahoma reclamó el cuerpo. Lo enterraron en abril de 1977 en la parcela de Boot Hill del cementerio de Summit View, en Guthrie, al lado de Bill Doolin, otro forajido abatido a tiros en 1896, y echaron hormigón sobre el ataúd para que no volviera a salir de ahí. Del disparo al entierro pasaron sesenta y cinco años y medio.