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Por capítulos · Doce dias de gasoleo · Del catálogo de Margen

A las siete menos veinte estábamos los ocho en la cocina

Antes: un alud dejó incomunicado el refugio de Iratxeta, a 2.100 metros, el día anterior, con ocho personas dentro y gasóleo para doce días.

A las siete de la mañana del segundo día quedaba gasóleo para once. Idoia Bergara, guarda del refugio y enfermera de urgencias hasta 2019, había dormido tres horas con el libro de firmas debajo del brazo, y se despertó con la misma cuenta que la había tenido en pie media noche: nueve nombres, ocho personas.

No era un error de suma. Lo había repasado cuatro veces bajo la lámpara de batería, tocando línea por línea con la punta del lápiz. Nueve firmas con la fecha de la víspera, el día del alud. Y en el comedor, contando a los que roncaban en los bancos y a la que velaba junto a la estufa, ocho.

El libro de Iratxeta no es un cuaderno de visitas. Es el registro obligatorio del club de montaña: cada persona que sube apunta su nombre, su hora de llegada y, si es socio, su número. Idoia lo controla desde que es guarda, y lo controla bien, porque de ese libro salen los partes y de los partes salen los rescates. Una firma de más en un refugio cerrado por la nieve no es una anécdota: es alguien de quien nadie sabe dar cuenta.

Empezó por la hora. Casi todas las líneas llevaban una hora de llegada del día anterior, escritas de puños distintos: las nueve y diez, las nueve y media, las diez menos cuarto. La gente había ido subiendo a lo largo de la mañana, antes de que el tiempo se cerrara del todo a las diez y diecisiete. Pero una línea, la séptima empezando por arriba, llevaba una hora que no encajaba con ninguna otra: 06:40. Las siete menos veinte de la mañana. Y la firma, un trazo apretado y hacia atrás, no se parecía a ninguna de las otras ocho.

Idoia despertó a la gente de uno en uno, sin alarma, con la excusa del recuento de agua. No quería que la palabra "firma" corriera por el comedor antes de tener algo firme que decir. A cada uno le hizo la misma pregunta, envuelta en otras: dónde estabas ayer a las siete menos veinte de la mañana.

Txomin Elordi, pastor, sube el correo del club a Iratxeta desde 1994 y conoce el refugio mejor que su propia borda. A las siete menos veinte, dijo, estaba en la cocina, encendiendo la cocina de gas y poniendo agua para todos, como cada mañana que duerme arriba. Lo recordaba con precisión porque a esa hora la radio del club da el parte de nieve, y lo había escuchado entero.

—¿Solo? —preguntó Idoia.

—Qué va. Estábamos ya casi todos. El chaval me ayudó con los cazos.

El chaval era Aitor Sein, diecisiete años, en prácticas de la escuela de guías e hijo de un guía de la zona. Confirmó lo del agua y añadió un detalle: a las siete menos veinte había ido dos veces al leñero por astillas, y en la segunda se cruzó en la puerta con Casimiro Lete.

Casimiro Lete, setenta y un años, socio del club desde hace más inviernos de los que reconoce, lo confirmó a su manera, sin mirarla:

—A esa hora yo ya estaba levantado, sí. En la cocina, con el chico y con Txomin. No duermo más de cinco horas desde que enterré a mi mujer.

Idoia siguió sumando gente a la cocina de las siete menos veinte. Mercedes Arriaga, jueza de paz jubilada, había bajado temprano porque le dolía la cadera en el jergón y prefería el banco junto a la estufa; recordaba haber visto a Txomin con la radio pegada a la oreja. Ramiro Bouzas, montañero y carpintero de ribera, y su hermana Lena Bouzas, montañera y anestesista, habían madrugado juntos para revisar las botas y el material antes de intentar la bajada, y a las siete menos veinte discutían en voz baja, en la mesa larga, si esperar o no. Fani Quiroga, geóloga de veintiocho años que había subido a cambiar los sensores de la ladera, se había quedado dormida sobre su cuaderno de campo en esa misma mesa y se despertó, dijo, con el ruido de los cazos y la voz de la radio; o sea, a la hora del parte.

Idoia hizo la cuenta despacio, porque era una cuenta que no le gustaba. A las siete menos veinte de la mañana del día del alud, las ocho personas que ahora estaban vivas en el refugio estaban juntas, las ocho, en la misma habitación: la cocina y el comedor, que en Iratxeta son la misma pieza con un tabique a media altura. Se veían unos a otros. Nadie se levantó a firmar nada en el vestíbulo, donde está el atril del libro, porque nadie tenía por qué firmar a las siete menos veinte: todos habían subido y firmado el día anterior, a plena luz, con sus horas de mañana avanzada.

Y sin embargo, en el libro, con la fecha de la víspera y la hora 06:40, había una novena firma.

Volvió al atril con Mercedes, que de todos era la que mejor sabía leer un documento. La jueza jubilada pasó el dedo por el canto del libro y miró la encuadernación al trasluz de la lámpara.

—No hay hoja arrancada —dijo—. Ni pegada. El libro es el que es. Esta línea se escribió aquí, en esta página, con este lápiz o con uno igual. —Acercó la firma a la luz—. Y se escribió del derecho, con el libro apoyado en el atril, no de cualquier manera. Quien lo hizo estaba de pie ahí, tomándose su tiempo.

—A las siete menos veinte —dijo Idoia.

—A las siete menos veinte —repitió Mercedes—. Cuando los ocho que quedamos vivos estábamos en la cocina, a la vista unos de otros. Ninguno de nosotros firmó esa línea, Idoia. Es materialmente imposible: no había nadie más en la cocina de quien no diéramos cuenta, y en el vestíbulo, a esa hora, no estaba ninguno de los ocho.

Idoia miró la firma apretada, el trazo hacia atrás, la hora imposible. La deuda que la había tenido despierta media noche —de quién es la novena firma— acababa de cerrarse por el peor lado. No era una suma mal hecha ni un socio despistado que firmó dos veces. Era una novena persona, real, que había subido a Iratxeta antes del amanecer del día del alud, se había plantado ante el atril con el refugio todavía a oscuras y había escrito su nombre a las siete menos veinte.

Y desde las diez y diecisiete de aquella mañana, cuando el alud selló la puerta y no volvió a entrar ni a salir nadie, esa novena persona tenía que seguir dentro de la montaña. En el refugio, cerrado por la nieve, no aparecía. Fuera, con aquel tiempo, no se sobrevive una noche.

Mercedes cerró el libro y lo dejó sobre el atril con las dos manos, como se deja un expediente que va a dar trabajo.

Idoia repasó en la cabeza el mapa del refugio, que se sabe de memoria. El comedor y la cocina, con los ocho a la vista. Los dos dormitorios de literas, que había revisado ella misma al hacer el recuento de la noche. El cuartito del generador, cerrado con llave que solo tiene ella. El aseo. Y, fuera de la puerta principal —la que el alud había sellado—, dos espacios que se abren por su cuenta desde el exterior: el almacén de material y el leñero, este último con una portezuela baja que da al lado de poniente, el que había recibido el golpe de la nieve.

—Los dormitorios los conté yo anoche, cama por cama —dijo—. Aquí dentro, en las camas y en los bancos, somos ocho. Si hay una novena persona, no está donde miramos ayer.

Aitor Sein, el chico en prácticas, levantó la vista del banco. Llevaba un rato callado, con la cara de quien recuerda algo y no sabe si vale la pena decirlo.

—El leñero —dijo—. Ayer por la mañana bajé dos veces a por astillas y la portezuela de poniente estaba entornada. Pensé que la había dejado así yo. Desde el alud no he vuelto a bajar: la leña de dentro nos llega para hoy.

Nadie dijo nada durante un momento. Txomin Elordi, el pastor, que en treinta inviernos había visto entrar en aquel refugio a gente medio congelada sin avisar, fue el que puso en palabras lo que Idoia estaba pensando.

—Si alguien subió antes del amanecer, con ese frío, y firmó a las siete menos veinte —dijo—, es que buscaba techo. Y si no está con nosotros, es que se metió en el único sitio con techo al que se entra sin pasar por la puerta grande.

Idoia miró hacia el tabique, hacia la parte baja de la casa, donde una escalera corta baja al leñero. Cogió la lámpara de batería del atril y comprobó que aún le quedaba carga.

—Hay una persona más aquí arriba —dijo, en voz baja, para que no cruzara el tabique—. Y no está en el comedor.