Curiosidad · Del catálogo de Margen
Un bombardero apareció intacto 700 km dentro del Sáhara

Volaban a poca altura sobre el desierto de Calanscio, en Libia, buscando estructuras geológicas donde perforar, cuando los prospectores de una compañía petrolífera británica vieron abajo un bombardero cuatrimotor tumbado en la arena, partido en dos pero entero. Era noviembre de 1958. El avión estaba a unos 700 kilómetros de la costa, en un sitio donde ningún aparato de la Segunda Guerra Mundial tenía nada que hacer.
Una expedición terrestre llegó hasta él en mayo de 1959 y encontró una escena difícil de explicar. Las ametralladoras funcionaban. Las radios, también: los técnicos las encendieron y emitieron. Había agua, raciones y un termo con té todavía dentro. En el fuselaje se leía el nombre pintado: Lady Be Good. Lo que no había era tripulación, ni un solo cuerpo, ni rastro de que alguien hubiera muerto allí.
El registro militar dio el nombre del aparato: un B-24D Liberator del 376.º Grupo de Bombardeo del ejército del aire estadounidense, desaparecido el 4 de abril de 1943 y dado por perdido en el mar dieciséis años antes. Aquel día había despegado del aeródromo de Soluch, cerca de Bengasi, en su primera misión de combate: bombardear el puerto de Nápoles. Una tormenta de arena retrasó la salida, la formación se deshizo y el avión soltó su carga y dio media vuelta ya de noche.
El error estuvo en el radiogoniómetro, el instrumento que señala de qué dirección viene una emisora de radio. El aparato da la línea, pero no distingue si la fuente está delante o detrás: si el piloto no lo comprueba con otra referencia, puede volar hacia la señal creyendo que se acerca cuando ya la ha dejado atrás. La Lady Be Good pasó por encima de su propia base sin verla, de noche y con el desierto y el mar igual de negros, y siguió tierra adentro convencida de estar todavía sobre el Mediterráneo, buscando una costa que ya había cruzado.
Cuando los depósitos se vaciaron, los nueve tripulantes saltaron en paracaídas. El avión, sin nadie a bordo, planeó unos kilómetros más y se posó él solo, de panza, sobre una llanura de arena dura. Por eso apareció casi entero: no se estrelló, aterrizó.
Los hombres cayeron al norte del avión y echaron a andar hacia la costa, sin saber que tenían por delante cientos de kilómetros de nada. Sus cuerpos empezaron a aparecer en 1960, muy lejos del punto de salto. Con uno de ellos estaba el diario del copiloto, Robert Toner, un cuaderno pequeño con una línea por jornada: el racionamiento del agua, el frío de las noches, los que ya no podían seguir. La última anotación lleva fecha del 12 de abril de 1943, ocho días después del salto, y para entonces el grupo había recorrido más de cien kilómetros a pie con apenas medio litro de agua por cabeza.