Relato · Del catálogo de Margen
Remedios encuentra el «no» que falta en el decreto 114

EXPEDIENTE PUB-114. Galerada de imprenta, decreto 114/2025, con marca al margen.
Remedios Valcárcel, correctora de pruebas del boletín oficial de la comunidad, guarda en casa la galerada del decreto 114 desde hace once meses. Una galerada es la primera impresión de prueba, la que se revisa antes de publicar; en la suya, a mano y con lápiz rojo, hay una llave al margen del artículo 3 y una palabra rodeada con un círculo. La palabra es "no".
El texto aprobado por el consejo de gobierno, el que Remedios corrigió aquella tarde, decía así en el artículo 3: "No será exigible un número mínimo de alumnos para autorizar la reapertura de una escuela rural cerrada por descenso de matrícula". El texto que se publicó al día siguiente en el boletín, y que lleva once meses siendo la ley, dice: "Será exigible un número mínimo de alumnos para autorizar la reapertura de una escuela rural cerrada por descenso de matrícula". Falta el "no". Una palabra de dos letras que le da la vuelta entera a la frase.
Con el "no", cualquier pueblo podía reabrir su escuela aunque tuviera tres niños. Sin el "no", hace falta un mínimo —que otra norma fija en ocho— y por debajo de ocho no se reabre. Seis escuelas de seis pueblos pequeños llevan cerradas por esa palabra que no está.
INSTANCIA registrada de entrada, ayuntamiento de Vallderroa.
Una de las seis es la de Vallderroa, un pueblo de la sierra con cuatro niños en edad escolar. Su alcaldesa, Purificación Andrade, presentó en enero una instancia pidiendo la reapertura: cuatro alumnos, un local municipal en condiciones, una maestra dispuesta a ir. La respuesta del departamento fue una sola línea que cita el artículo 3: "No se autoriza; no se alcanza el número mínimo de alumnos exigible". El número mínimo que nunca aprobó el consejo. Los cuatro niños de Vallderroa llevan desde septiembre en un autobús que sale a las siete y cuarto y los deja en la escuela de la cabecera de comarca, a cuarenta y un kilómetros por una carretera de puerto. La maestra dispuesta pidió otro destino en marzo, cuando entendió que Vallderroa no iba a reabrir.
DILIGENCIA de la sección de publicaciones, con fecha de esta mañana.
Higinio Lastra, jefe de la sección de publicaciones —el negociado que compone y edita el boletín—, tiene sobre la mesa la galerada de Remedios y su propia copia del acta del consejo. Los dos documentos coinciden: el "no" estaba. Lastra lleva veintidós años en publicaciones y sabe exactamente lo que pasó, porque lo ha visto pasar otras veces. En la maquetación final, cuando se ajusta el texto a la caja de impresión, alguien saltó una línea al recomponer un párrafo viudo, y en ese salto se comió el "no". Nadie lo cotejó contra el acta. La galerada de Remedios llevaba la corrección; la corrección no se aplicó a la versión que fue a máquina.
—Lo arreglamos hoy —dice Lastra—. Fe de erratas con fecha de hoy. Se publica mañana y a partir de mañana el artículo 3 vuelve a llevar el "no".
—¿Y los once meses? —pregunta Remedios.
—Los once meses no los arregla una fe de erratas. Una corrección de errores rige desde que se publica, no hacia atrás. Lo que pasó, pasó.
Aquí está el nudo, y los dos lo entienden igual de bien. Una fe de erratas —el aviso oficial que dice "donde decía A, debía decir B"— no borra el pasado: corrige el texto de cara al futuro. Si Lastra publica la fe de erratas hoy, el "no" reaparece desde mañana, pero los seis colegios estuvieron legalmente cerrados durante once meses, y todo lo que se hizo al amparo del texto sin "no" —las plazas de maestro que no se convocaron, los niños que fueron en autobús a cuarenta kilómetros, un edificio que se cerró y se llenó de humedad— fue conforme a la ley que de verdad estuvo vigente. La errata, mientras no se corrige, es la norma.
ACTA de la reunión, transcrita.
Remedios quiere otra cosa. Quiere que la fe de erratas diga la verdad completa: que reconozca que el error viene de la maquetación del boletín, que el texto aprobado siempre llevó el "no", y que por tanto el requisito del mínimo de alumnos nunca fue lo que aprobó el consejo. Con eso en el boletín, los seis ayuntamientos tendrían un papel oficial con el que pelear las decisiones de estos once meses.
Lastra se resiste, y no por mala fe. Su resistencia tiene nombre y número.
—Si la fe de erratas dice "el texto aprobado llevaba el no", estoy escribiendo negro sobre blanco que el boletín publicó durante once meses una ley que nadie votó. Eso es una nulidad. Y detrás de una nulidad vienen las reclamaciones: los seis ayuntamientos, los maestros que no entraron, las familias. La auditoría anual de la sección entra dentro de tres semanas. Yo firmo esa fe de erratas y firmo también el marrón entero.
—Y si no la dices así —contesta Remedios—, escribes una fe de erratas que corrige una coma y esconde que hubo seis colegios cerrados por vosotros. Eso también lo firmas tú.
Están los dos de pie, cada uno con su papel en la mano, defendiendo cosas que no son la misma pero que tampoco son contrarias. Lastra defiende que la sección no se hunda en un mar de reclamaciones que él no provocó a propósito. Remedios defiende que seis pueblos sepan por qué se quedaron sin escuela. Ninguno miente.
—Yo revisé esa galerada —dice Remedios—. Puse la corrección. Hice mi trabajo. Y lo que se publicó no fue lo que yo corregí. Si ahora la fe de erratas dice solo "donde dice A debe decir B", el que la lea pensará que fue un desliz de nadie, una coma. Y no fue una coma. Fue que la corrección estaba hecha y no se aplicó.
—Ya sé que la hiciste —dice Lastra—. Tengo tu galerada en la mano. Nadie te está echando la culpa a ti.
—No es por mí. Es por Vallderroa. La alcaldesa presentó su instancia en enero, con la ley equivocada delante, y la creyó. Todo el mundo la creyó, porque estaba publicada. Una ley publicada es una ley, aunque nadie la votara. Eso es lo que da miedo del boletín: mientras no lo corriges, la errata manda igual que si fuera verdad.
CERTIFICADO del cotejo, adjunto.
Lastra hace lo que sabe hacer: busca la regla. Saca el reglamento del boletín y lee en voz alta el artículo que regula las erratas. "Cuando el texto publicado difiera del texto aprobado por el órgano competente, se procederá a la corrección de errores, haciendo constar el texto correcto." Haciendo constar el texto correcto. Levanta la vista.
—Me obliga a poner el texto bueno. No me obliga a explicar de dónde salió el malo.
—Te obliga a poner el texto bueno —repite Remedios—. Y el texto bueno llevaba el "no" desde el principio. Si publicas "donde dice: será exigible; debe decir: no será exigible", cualquiera que sepa restar ve que durante once meses estuvo el que no era. No hace falta que lo expliques. Basta con que lo pongas entero.
Lastra vuelve a mirar los dos documentos. La galerada con la llave roja de Remedios. El acta del consejo. Los dos dicen lo mismo, y él lo sabe desde hace media hora.
FE DE ERRATAS, borrador final, artículo 3 del decreto 114/2025.
Al final Lastra se sienta y escribe él mismo el borrador, sin adornos: "Advertido error en la publicación del decreto 114/2025, en el artículo 3, donde dice: 'Será exigible un número mínimo de alumnos para autorizar la reapertura de una escuela rural cerrada por descenso de matrícula', debe decir: 'No será exigible un número mínimo de alumnos para autorizar la reapertura de una escuela rural cerrada por descenso de matrícula'." Ni una palabra sobre la maquetación, ni sobre la auditoría, ni sobre los seis colegios. Solo las dos frases, la que se publicó y la que se aprobó, una encima de la otra, con el "no" en su sitio.
Se la pasa a Remedios por encima de la mesa para que la coteje una última vez, que es su trabajo. Ella lee las dos líneas despacio, mide que no falte ni sobre nada, y le devuelve el papel.
—Sale mañana —dice Lastra—. Y la auditoría, dentro de tres semanas, verá que la fe de erratas la firmé yo doce meses tarde. —Se queda un momento con el borrador en la mano, mirándolo—. Once meses. Dos letras. Y la única manera de que no vuelva a pasar es que alguien coteje siempre la última prueba contra el acta antes de que vaya a máquina. Eso es tu puesto. No lo quiten.