
Tienes cuatro cartas delante. Cada una lleva una letra por un lado y un número por el otro, aunque tú solo ves una cara de cada una: E, K, 4 y 7. Alguien te dice una regla —"si una carta tiene una vocal por una cara, tiene un número par por la otra"— y te hace una sola pregunta: qué cartas hay que girar, y solo esas, para saber si la regla es falsa.
Casi todo el mundo contesta lo mismo: la E y el 4. La E es evidente; si por detrás tiene un número impar, la regla se cae. El 4 es la trampa. Le des la vuelta y salga lo que salga, la regla sigue en pie: si encuentras una vocal, la confirmas, y si encuentras una consonante, tampoco pasa nada, porque la regla no dice nada sobre lo que llevan detrás las consonantes. Girar el 4 no puede cambiar nada. Es trabajo que se hace por gusto.
La carta que casi nadie toca es el 7. Si detrás del 7 hay una vocal, la regla queda desmentida en el sitio: una vocal con un número impar. La respuesta correcta es E y 7. En los experimentos originales la acertaba alrededor de una de cada diez personas.
El montaje es de Peter Wason, psicólogo del University College de Londres, que lo publicó en 1966 y lo repitió durante años con estudiantes, profesores y lógicos profesionales. Lo llamó tarea de selección, y lo que medía no era la inteligencia: era hacia dónde sale a mirar la gente cuando quiere comprobar algo. Sale a buscar lo que encaja. Escoge las cartas que, si sale bien, le dan la razón, y no las que, si sale mal, se la quitan.
Eso es el sesgo de confirmación, y esta es su versión de laboratorio: no es que rechaces la prueba que te contradice, es que ni siquiera vas a buscarla. La carta del 7 está encima de la mesa, a tu alcance, y no la tocas.
Ahora la parte que cambia el asunto. En 1982, Richard Griggs y James Cox, de la Universidad de Florida, montaron la misma prueba con otra ropa. Cuatro cartas otra vez, pero ahora cada una es una persona sentada en un bar: por una cara lleva lo que está bebiendo y por la otra su edad. La regla es "si alguien bebe cerveza, tiene más de diecinueve años". Las cartas visibles son: bebe cerveza, bebe refresco, veintidós años, dieciséis años.
Esta la resuelves en tres segundos. Hay que mirar al de la cerveza y al de dieciséis. Al del refresco te da igual la edad, y al de veintidós le da igual lo que beba. La mayoría de los participantes lo acertó —en torno a tres de cada cuatro—, y es exactamente el mismo problema lógico que el de las letras y los números. Lo único que ha cambiado es que ahora sabes qué estás buscando: al que se está saltando la norma.
Por qué pasa esto se sigue discutiendo. Una explicación dice que el cerebro tiene entrenamiento específico para pillar a quien incumple un trato, porque vivir en grupo lo exige. Otra, más sobria, dice que no hace falta nada tan exótico: cuando el problema tiene contenido conocido y una norma con permisos y obligaciones, se entiende de qué va la pregunta, y con las letras y los números, no. Las dos explicaciones coinciden en lo práctico: el problema abstracto no se resuelve porque no sabes qué aspecto tendría la prueba de que estás equivocado.
Y ahí está lo aprovechable. Cuando alguien defiende una idea —un compañero, un titular, tú mismo— casi siempre trae la E y el 4: los casos que salieron bien. Un método que funcionó con dos clientes. Un remedio que le fue de maravilla a tu cuñado. Nada de eso es mentira, y nada de eso vale gran cosa, porque son cartas que no pueden desmentir nada.
Así que conviértelo en una pregunta que se pueda escribir. Antes de cerrar la conversación o de comprar lo que te están vendiendo, coge un papel y termina esta frase: "sabría que esto es falso si viera ". Si no sabes rellenar el hueco, la idea todavía no es una idea, es una simpatía. Y si sabes rellenarlo, ve a buscar eso primero, antes que ningún caso de éxito: esa es tu carta del 7.