Curiosidad · Del catálogo de Margen
Un papel de 1648 todavía paga intereses cada año

Geert Rouwenhorst, profesor de finanzas en Yale, viajó a Ámsterdam en septiembre de 2015 con un pergamino de piel de cabra metido en una carpeta rígida. Lo llevó a las oficinas de un organismo de aguas neerlandés, lo puso sobre el mostrador y cobró los intereses atrasados: unos 136 euros por doce años. El documento se había emitido en 1648, el mismo año en que terminó la guerra de los Ochenta Años, y sigue pagando.
Es un bono perpetuo: un préstamo que nunca devuelve el dinero prestado y que, a cambio, paga un cupón —el interés anual— mientras exista quien lo emitió. No hay fecha de vencimiento porque no está previsto que la haya. Mientras la institución siga viva, el papel sigue rindiendo.
Lo emitió el Lekdijk Bovendams, un consejo de aguas que se encargaba de un tramo de dique del río Lek, al sur de Utrecht. Los consejos de aguas neerlandeses son administraciones locales dedicadas exclusivamente a que la tierra no se inunde: reparan diques, mantienen esclusas y cobran una derrama a los propietarios que protegen. Aquel año el consejo necesitaba dinero para levantar unos espigones —muros de piedra perpendiculares a la orilla que frenan la corriente y evitan que el agua se coma el dique— a la altura de Honswijk. En vez de subir la derrama de golpe, hizo lo que hacían entonces las administraciones pequeñas: pedir prestado a los vecinos ricos y prometerles una renta.
El bono salió por 1.000 florines carolus, la moneda de cuenta de la época, y prometía un 5 % anual. Con los siglos, el tipo se fue recortando: primero al 3,5 %, después al 2,5 %, que es el que sigue vigente. A precios de hoy eso son unos 11,35 euros al año, menos de lo que cuesta el transporte hasta la ventanilla. El interés ya no es el negocio; el negocio es que el papel siga funcionando.
Y funciona porque el Lekdijk Bovendams no desapareció: se fusionó. Los consejos de aguas neerlandeses llevan doscientos años juntándose en unidades mayores, y cada fusión traslada al organismo nuevo los derechos y las deudas del viejo. El heredero actual se llama Hoogheemraadschap De Stichtse Rijnlanden, gestiona el agua de una zona de casi medio millón de habitantes y, entre sus obligaciones, tiene la de pagar ese cupón a quien se presente con el pergamino.
Quien se presenta, desde 2003, es la Universidad de Yale. Ese año la biblioteca Beinecke, la de libros raros y manuscritos, compró el bono por unos 24.000 euros. No lo compró como inversión —a 11 euros al año habría que esperar más de dos mil años para recuperarlo— sino como pieza de enseñanza: es un objeto financiero de 1648 que todavía hace lo que prometía. En la escuela de negocios lo usan para explicar a los estudiantes qué significa "perpetuo" cuando no es una metáfora.
El cobro tiene su propio ritual. Los intereses no se ingresan solos: hay que llevar el documento físico, porque el pago se anota a mano en el reverso, uno debajo de otro, desde el siglo XVII. Cada visita añade una línea a una lista que empezó seis años después de que Rembrandt terminara La ronda de noche. Por eso Rouwenhorst viajó en persona en 2015, y por eso los 136 euros que cobró costaron mucho más en billetes de avión de lo que valían.
No es el único superviviente. La Bolsa de Nueva York conserva otro bono de la misma familia, emitido en 1624 por un consejo de aguas vecino, que también se sigue pagando; llegó allí en 1938 como donación. Son dos papeles de tres siglos y medio y cuatro siglos que cumplen todavía la promesa exacta que llevan escrita.
Lo raro del bono de 1648 es la cadena de manos por las que ha pasado: para que un papel de piel de cabra siga funcionando hoy hizo falta que ninguna de las decenas de instituciones que lo heredaron decidiera que aquello ya no iba con ella. El dique sigue ahí, el agua sigue empujando y el cupón se paga: 11,35 euros al año, en la ventanilla, con la fecha escrita a mano.