
El jueves, a las ocho menos veinte de la tarde, Rita Candame tenía la bolsa de herramientas cerrada a sus pies y el autobús de vuelta entrando ya por la carretera de Ceza. En la plaza de Beiro, un pueblo de doscientos cuarenta vecinos, había un hombre de setenta y un años plantado delante de ella con las manos en los bolsillos.
—Usted es la que ha subido hoy.
—Rita Candame. Soy de una casa campanera de Ourense; llevamos las campanas y las sonerías de media provincia.
—Nando Mouriz. Y lo que ha hecho usted hoy ahí arriba me lo ha hecho a mí.
El reloj dio las ocho: ocho golpes limpios, dos segundos y cuatro décimas entre uno y otro, y después nada. Rita lo escuchó con la cabeza un poco inclinada, igual que se escucha un motor que acaba de dejar de hacer ruido raro. Nando lo escuchó mirando al suelo. Cuando quedó claro que no venía nada más, se dio media vuelta y cruzó la plaza hacia el portal del número cuatro, que es la casa pegada a la torre.
El autobús paró, abrió, esperó y se fue. Rita se quedó mirando el portal del número cuatro con la bolsa todavía en el suelo, y lo dejó marchar.
Nueve horas antes, a las once y cuarto de la mañana, la sala de campanas olía a aceite viejo y a paloma. Hay dos campanas: la grande, de cuatrocientos kilos, y una pequeña que ya no se toca. La máquina que las manda es de 1911. Y hay dos martillos sobre la grande, que fue lo primero que Rita miró.
El martillo de las horas estaba donde tenía que estar, golpeando la parte baja del bronce, en el engrosamiento que los campaneros llaman el labio. El otro, más pequeño, es el martillo del aviso: en los relojes de labranza daba un golpe suelto dos minutos antes de cada hora, para que el que estaba segando levantase la cabeza y supiera que iba a sonar. Ese martillo pega más arriba, en la cintura de la campana, y por eso suena sordo: arriba casi no se excita el golpe brillante y lo que sale es el zumbido grave, una octava por debajo.
El del aviso de Beiro se había desconectado hacía treinta y cuatro años, cuando se levantaron las casas de la calle nueva. Rita lo sabía porque lo desconectó su padre, que llevó esta torre antes que ella, y porque la manera de desconectarlo era la suya: un alambre galvanizado atando la palanca hacia atrás, a la viga, para que no llegase nunca al bronce.
El alambre estaba enrollado en la viga, en tres vueltas prietas. Alguien lo había quitado y lo había dejado ordenado.
Rita no tuvo que medir nada. Se agachó, puso la linterna en la leva del aviso y vio las dos muescas que tiene cualquier leva de aviso: una delante del paso de la hora y otra detrás. La palanca estaba colgada en la de detrás. En el latón, el canto de la muesca estaba brillante entre un siglo largo de óxido, con el rayado fino que deja una lima de precisión bien llevada.
La leva suelta el aviso dos minutos después de que arranque el tren de la hora. Puesta del revés, esos dos minutos ya no caen antes de la hora: caen al otro lado, con el reloj habiendo terminado de contar. A medianoche las doce campanadas se comen veintiséis segundos de esos dos minutos, así que el golpe de regalo entra un minuto y treinta y cuatro segundos después de la última. Doce y uno. Trece.
Una leva limada a mano, de noche, no la lima un gracioso: son veinte minutos de pulso encima de un andamio de tablas, y el que lo hizo sabía cuál de los dos martillos quería mover y a qué altura de la campana pega cada uno. Un gracioso habría desatado el alambre y lo habría tirado al suelo. De la torre hay dos llaves: la del concello y la de la casa cuatro, que la tiene desde siempre el vecino de la casa cuatro.
Puso una cuña de haya entre la palanca y el eje, apretó la tuerca y bajó por la escalera con la cuña todavía en la mano izquierda, porque las dos primeras veces que la colocó se le volvió a salir.
El miércoles a las nueve de la mañana, Xabel Vilaza, que lleva el bar de la plaza y alquila los cuatro cuartos de arriba, le puso el café y la carpeta de las quejas en el mismo movimiento.
—Cuatro por escrito y las que no se escriben. Yo tengo cuatro camas ahí arriba, y de abril a octubre vivo de los que vienen a andar por la ribera. El año pasado me puntuaron con un seis por el ruido. Un seis, Rita.
—¿Quién ha firmado?
—Los cuatro de la calle nueva: los del once, los del trece, la del quince y el del diecinueve.
Rita desplegó las cuatro hojas en la barra y las ordenó por número de portal. La calle nueva está a cien metros de la torre y tiene nueve casas. Habían firmado cuatro. Las otras cinco son de gente que viene en verano y que en noviembre están cerradas.
—Y la casa cuatro —dijo Rita—. La de la plaza, la que toca la torre. Esa no ha firmado.
—Esa es la de Nando. Ese no firma nada.
—¿Se queja?
—Nando se queja de todo. Del agua, del camino, del médico. Del reloj no le he oído quejarse nunca.
Nueve horas antes de ese café, a medianoche, Rita contó las doce con el cuaderno en la rodilla, en el cuarto de encima del bar. Y después, cuando ya estaba cerrando el cuaderno, llegó la otra.
No sonó como las doce. Sonó más baja y más apagada, con la mitad del cuerpo. Un campanero reconoce eso sin pensarlo: ese golpe no venía del labio.
Lo que apuntó en el cuaderno fue que el reloj no se había equivocado. Ningún tren de sonería se para a la mitad y vuelve: cuando termina de contar, cae el trinquete y aquello queda trabado hasta la hora siguiente. Minuto y medio después de la doce no hay máquina que dé nada. Aquello lo había dado otra cosa.
El martes por la tarde el concello la había llamado con el pliego de un día de trabajo: subir, quitar el golpe de más, dejar las horas como estaban y bajar. Un día, cuarenta y ocho euros de desplazamiento y el autobús de las ocho menos cinco.
Veintinueve días antes de esa llamada, a las tres y media de la madrugada, Nando Mouriz subió a la torre con la llave que tiene por ser el de la casa cuatro, una linterna de cabeza y una lima fina del taller.
Nando fue veintidós años fundidor en una nave de Ourense, de pie delante de un horno de cubilote, sin casco de orejeras porque entonces no se llevaban. Lo que se pierde así se pierde de arriba: primero los agudos, luego las consonantes, y al final un timbre de cuatro mil hercios es una cosa que la gente dice que ha sonado y tú no has oído. Las doce campanadas de la torre, en el labio, dan el golpe brillante, y a él se le habían ido borrando una por una hasta quedarse en un roce. Doce roces seguidos, a dos segundos y cuatro décimas, no se pueden contar: se juntan.
No se lo pidió a nadie. Nando Mouriz no ha firmado un papel en su vida y no iba a empezar por una campana.
Desató las tres vueltas de alambre y las dejó enrolladas en la viga, porque en su oficio las cosas se dejan donde estaban. Pasó la lima por el canto de la muesca de detrás hasta que la palanca entró sola. Colgó la palanca. Comprobó con el dedo que el martillo llegaba al bronce y que llegaba a la cintura, arriba, donde suena el zumbido.
Después se sentó en el suelo de la sala de campanas, con la espalda en la pared que da al norte, y esperó a las cuatro.
A las cuatro contó cuatro roces juntos. Y un minuto y cincuenta y tres segundos más tarde —a las cuatro solo hay cuatro campanadas por delante, y de los dos minutos sobra mucho más—, con la torre entera callada y el bronce quieto, llegó el quinto golpe, grave y sordo y abierto, y Nando Mouriz lo oyó entero, y lo contó en voz alta para oírse contarlo.