Curiosidad · Del catálogo de Margen
Esa ventana es más gruesa abajo porque la pusieron así

Pasa la mano por el canto de una ventana del siglo XVII y lo notas: abajo es más gruesa que arriba. La explicación que se da en clase es que el vidrio es un líquido lentísimo y lleva cuatrocientos años escurriéndose hacia el suelo. La verdadera es que el vidriero la montó así, porque el disco del que la cortó ya salía desigual del taller.
Cuando se miden en serie vidrios antiguos aparecen paneles más gruesos por arriba y paneles más gruesos por un lado. La gravedad no habría escogido unos y no otros.
El vidrio de ventana se hacía girando, con un procedimiento que se llama vidrio de corona y que en Europa duró hasta bien entrado el siglo XIX. El vidriero sopla una burbuja de vidrio fundido, la abre por un extremo, la pasa a una barra de hierro macizo —el puntel— y la hace girar a toda velocidad. La fuerza centrífuga abre la burbuja en un disco plano que puede llegar al metro y medio de diámetro. Ese disco no tiene un grosor parejo: es más gordo cerca del centro, donde iba sujeto al puntel, y se adelgaza hacia el borde. De cada disco se cortaban varios paneles, y cada panel salía con un canto más grueso que el otro. El vidriero lo montaba casi siempre con el canto gordo abajo, porque asienta mejor en el bastidor y el agua resbala hacia fuera. Casi siempre: a veces lo montaba al revés o de lado, según cómo le hubiera venido el corte. De ahí las ventanas que no cuadran con la teoría.
Ese ojo de buey que se ve en el centro de algunos vidrios viejos es la cicatriz del puntel. Era la parte que nadie quería, la que se vendía más barata porque no se veía a través de ella. Hoy se fabrica a propósito y se cobra más caro. El vidrio de corona deja además unas líneas curvas concéntricas, que son las marcas del giro, y una ondulación que mueve el paisaje cuando andas delante de la ventana. Un vidrio moderno, hecho flotando sobre un baño de estaño fundido, no mueve nada.
El vidrio tampoco es un líquido. Un cristal de cuarzo tiene sus átomos de silicio y de oxígeno en una red que se repite; el vidrio tiene los mismos átomos y los mismos enlaces, pero desordenados, con la red congelada a medio hacer. Eso le quita el punto de fusión de un cristal y le deja en su lugar un intervalo, la temperatura de transición vítrea, que en el vidrio de ventana corriente —sosa, cal y sílice— ronda los 550 grados. Por encima de esa franja los átomos se recolocan y la masa se vuelve pasta: es lo que aprovecha el soplador. Por debajo, el tiempo que necesita un átomo para cambiar de sitio se dispara.
Edgar Zanotto, ingeniero de materiales en la Universidad Federal de São Carlos, puso número a ese disparate en 1998, en un cálculo publicado en el American Journal of Physics. A temperatura de habitación, el tiempo que necesitaría una vidriera de catedral para escurrirse de forma apreciable es del orden de un 1 con veintitrés ceros detrás. El universo lleva unos 13.800 millones de años, que es un 1 con diez ceros.
Lo que sí se mueve en una vidriera es todo lo demás. Las varillas de plomo que sujetan cada pieza, los emplomados, ceden con su propio peso y con el viento, y el panel se abomba. El vidrio también falla despacio, pero rompiéndose: las microfisuras de la superficie crecen cuando hay humedad y tensión, un fenómeno con nombre propio, fatiga estática, y un vidrio de cien años se puede partir solo. En la Sainte-Chapelle de París, las vidrieras del siglo XIII se desmontaron panel a panel en la restauración que terminó en 2015, se limpiaron, se emplomaron de nuevo y se volvieron a colgar. El plomo es de 2015. El vidrio sigue siendo el que cortaron hacia 1245, con el canto gordo donde lo dejó su vidriero.
En las vitrinas de los museos hay jarrones egipcios y romanos de vidrio, de pared finísima, de hace dos y tres mil años, puestos de pie. A ninguno ha habido que recortarle la base.