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Curiosidad · Del catálogo de Margen

Tardaron 18 días en encontrar a Langley a tres metros

Un aviso anónimo llegó a la policía de Nueva York el 21 de marzo de 1947: había un hombre muerto en el número 2078 de la Quinta Avenida, esquina con la calle 128, en Harlem. Era Homer Collyer, abogado de 65 años, ciego desde 1933 y paralítico por un reúma que ya no le dejaba andar. A su hermano Langley lo buscaron dieciocho días por media docena de estados, y estaba a tres metros de él, en la misma casa, debajo de un fardo de periódicos.

Los agentes no pudieron abrir la puerta. Detrás había un muro de periódicos atados, cajas y muebles apilados hasta el techo. Un agente acabó rompiendo la ventana de un dormitorio del segundo piso, y detrás de esa ventana hicieron falta cinco horas de excavación, con la brigada de emergencias de la policía tirando bultos a la calle. Encontraron a Homer en un hueco entre cajas, tapado con una bata. Había muerto de hambre; el forense anotó también una dolencia de corazón.

Langley Collyer, 61 años, había estudiado ingeniería en Columbia y era quien lo cuidaba. Le daba de comer cien naranjas por semana porque estaba convencido de que le devolverían la vista. A los dos les habían cortado la luz, el gas, el agua y el teléfono por facturas sin pagar, y acarreaban el agua desde una fuente del parque. Cuando la policía entró, Langley no estaba.

Llegó un aviso de que lo habían visto subir a un autobús en Atlantic City. Mientras tanto, las cuadrillas municipales iban sacando la casa a razón de un camión por jornada y los vecinos se agolpaban en la acera para ver qué salía.

El 8 de abril, un operario que apartaba fardos en el segundo piso dio con él. Langley estaba debajo de una maleta, tres paneras de hojalata y una pila de periódicos, a tres metros del hueco donde había muerto su hermano. Se había metido por uno de los túneles que él mismo abría entre los trastos para llegar hasta Homer. Una de las trampas que tenía montadas contra los ladrones se le vino encima. Las tenía montadas porque corría desde años atrás la leyenda de que los Collyer guardaban una fortuna en casa. Llevaba cerca de un mes muerto. Homer murió después, esperando la comida.

De la casa salieron más de cien toneladas. En la lista que levantó el ayuntamiento hay catorce pianos, dos órganos, el chasis de un Ford T, un aparato de rayos X de la consulta del padre —ginecólogo en Manhattan—, trece relojes de sobremesa, miles de libros de derecho, la mandíbula de un caballo, frascos con órganos conservados en formol y ocho gatos vivos. De la fortuna de la leyenda no apareció nada. El edificio se derribó en julio de aquel mismo año y hoy el solar es un jardincillo público que lleva su nombre.

En la jerga de los bomberos de Nueva York, una vivienda que no se puede atravesar por acumulación es desde entonces una «Collyer's Mansion».