Por capítulos · Doce dias de gasoleo · Del catálogo de Margen
Sube el helicóptero y el parte lleva su nombre entero

Antes: el undécimo día la geóloga Fani Quiroga bajó sola por el corredor de Larrondo y a las 11:15 avisó con tres clics.
El duodécimo día empezó con uno en la cuenta y con la última brazada de leña buena dentro de la estufa. Eran las doce y media de la noche. Aitor Sein, diecisiete años, en prácticas de guarda esa temporada, estaba de pie junto a la mesa larga con el cuaderno abierto, porque le tocaba cantar la hora.
—Doce y media. Era la última.
Idoia Bergara, treinta y nueve años, guarda de Iratxeta y enfermera de urgencias hasta 2019, sacó del delantal las dos llaves del cuarto del generador, la suya y la de 2013, y las puso encima de la mesa para que las vieran todos antes de usar una.
—Noventa y cinco litros y siete décimas. A cinco por hora, diecinueve horas de motor. Nos hacen falta ocho. Vamos a gastar cinco y veinte.
Lo que habían pactado la noche anterior lo repitió ella en voz alta, delante de los ocho, y Aitor lo escribió en la página que había preparado con las columnas hechas a mano. Cuarenta minutos de motor y veinte de puerta abierta. En cada puerta abierta, recuento de los ocho en voz alta, uno por uno, diciendo el nombre propio y no «aquí». Y las tres preguntas de Lena.
Lena Bouzas, cuarenta y un años, anestesista, montañera, hermana de Ramiro y la primera que se intoxicó en aquella casa, las había escrito en la contraportada del libro de firmas, debajo de la contabilidad de Mercedes.
—Qué día es. Cuántos somos. Cómo me llamo yo.
—Eso es un test de orientación de tres ítems —dijo Mercedes Arriaga, cincuenta y cinco años, jueza de paz jubilada, que lleva la contabilidad del combustible en la contraportada del libro de firmas desde el tercer día—. Lo he visto en los partes de los juzgados de guardia.
—Es exactamente eso. Y vale porque el monóxido no da dolor de pecho ni da fiebre: da dolor de cabeza, da ganas de vomitar y confunde. Lo primero que se pierde es la respuesta a la segunda pregunta.
—¿Por qué la segunda? —preguntó Aitor.
—Porque contar exige sostener un número mientras miras a ocho personas. Dormir se puede fingir. Contar no.
Estaban a ciegas y lo sabían. El registrador que llevaba desde el sexto día apuntando cada diez segundos la temperatura y el monóxido de aquella casa iba desde las ocho y cinco de la mañana anterior en el bolsillo de Fani Quiroga, geóloga, veintiocho años, que a las once y cuarto había mandado tres clics desde el hayedo y a las doce y diez había llegado a la pista forestal. El club tenía el aviso desde las doce y treinta y cinco. El vuelo estaba puesto para la primera luz del duodécimo día, porque el techo de nubes no subía de los mil ochocientos metros hasta el amanecer y el refugio está a dos mil cien.
Idoia encendió el motor a la una y diez, cuarenta minutos más tarde de lo que habían dicho la noche anterior, porque el reparto y las tres preguntas se dijeron dos veces.
Sabino Amantegui, sesenta y seis años, guarda de Iratxeta hasta 2022, que llevaba nueve días en aquella casa después de haber pasado dos dentro del leñero, esperó a que el ruido se estabilizara para hablar. Hablaba poco y siempre de cosas con medida.
—La contraventana del dormitorio alto y la portezuela de la leña. Las dos a la vez.
—La portezuela está ocho escalones por debajo —dijo Ramiro Bouzas, cuarenta y cuatro años, montañero y carpintero de ribera.
—Por eso. Si abres arriba y abres abajo, el aire sube por el pasillo y se lleva lo que baja de la cámara del tejado al dormitorio pequeño antes de que llegue aquí. Eso no es ventilar la casa. Eso es ponerle una chimenea.
—Y baja la temperatura —dijo Lena.
—Siete grados en veinte minutos. Lo medí tres inviernos.
—¿Y tú por qué no lo hacías? —preguntó Aitor.
—Sí que lo hacía. En cada arranque, los dos últimos inviernos. Por eso el parte de 2021 pedía cambiar el tubo, y no abrir ventanas: esto es un parche y se paga en grados.
Lo hicieron. A la una y cuarto, Txomin Elordi, sesenta y dos años, pastor, que sube a Iratxeta el correo del club desde 1994, abrió la contraventana del dormitorio alto un palmo y medio y bajó los ocho escalones a abrir la portezuela. El pasillo empezó a tirar hacia arriba con un sonido que no era viento, más grave, y en el comedor bajó el olor a quemado que llevaban respirando desde que el motor volvió a arrancar.
A la una y cincuenta, recuento. Ocho nombres. Tres preguntas, ocho veces. Casimiro Lete, setenta y un años, socio del club desde antes de que existiera el refugio nuevo y treinta inviernos subiendo a él, contestó las tres con la voz pastosa de quien lleva dos horas dormido y se levanta a contestar.
A las dos y cincuenta, recuento. Ocho nombres.
A las tres y cincuenta, Casimiro dijo que era jueves, que eran seis y que Lena se llamaba Elena.
—Motor fuera —dijo Idoia.
Ramiro cortó el motor y Txomin abrió la puerta del pasillo de par en par. Lena le contó las pulsaciones a Casimiro con el reloj de Idoia, ciento dos, y le miró las uñas con el frontal, y le hizo las tres preguntas otra vez a los cuatro minutos con la puerta abierta. Dijo que era sábado, que eran ocho y que Lena era Lena. Lo sentaron en la silla de la entrada, con una manta de las secas y la cara a tres metros de la puerta abierta.
—Esto es lo que yo no puedo seguir vigilando a oscuras —dijo Lena—. A él le ha pasado a los tres cuartos del tercer ciclo. Al siguiente me puede pasar a mí, y yo soy la que mira.
—Entonces el motor no se vuelve a encender —dijo Idoia.
—Entonces el motor no se vuelve a encender.
—Van a hacer ocho bajo cero dentro —dijo Ramiro—. Como en el pasillo, ahora mismo.
—El noveno día teníamos cuatro días por delante. Hoy tenemos cuatro horas y diez minutos.
La cuenta la hizo Mercedes en voz alta, con el lápiz, en la contraportada.
—Las ocho y veinte menos las cuatro y diez. Cuatro horas y diez minutos. Y tenemos las dos hileras mojadas.
Las dos hileras mojadas eran la leña que Casimiro y Aitor habían subido del leñero el décimo día y que llevaba desde entonces apoyada contra la pared de la estufa sin acabar de secarse. Ninguno había contado con ella porque la leña mojada no calienta: humea, chisporrotea, tizna el tubo y da la mitad. Pero la estufa de Iratxeta tiene su propio cañón, el que sale por el faldón de poniente, que es de chapa doble y está entero, y que no es el tubo partido del grupo electrógeno. Esa era la diferencia que no habían podido usar desde las doce y media, cuando se acabó la leña buena y solo quedó la mojada, que no sirve para calentar una casa.
Aitor las contó: seis brazadas mojadas. A la mitad de calor, tres. Tres brazadas son seis horas de estufa, y hacían falta cuatro y diez.
—La media brazada que dije el décimo día era para calentar la casa —dijo Idoia—. Y lo que me importaba era la brea del cañón. Hoy la brea me da igual.
Cerraron la puerta del comedor. Dormían allí los ocho desde el noveno día. No hubo que mover a nadie. Hubo que apretarlos. Txomin cerró la portezuela de abajo y dejó la contraventana del dormitorio alto abierta dos dedos, porque con el motor apagado lo que había que echar fuera ya no era el humo del grupo sino el vapor de ocho personas respirando. Ramiro volvió a pasar el hacha pequeña por las astillas que Casimiro había partido el décimo día, que es lo único que hace arder la leña verde, y Aitor cantaba cada veinte minutos la hora y el recuento, y Lena hacía las tres preguntas cada media hora a Casimiro y a sí misma.
A las cuatro y cuarenta Txomin dijo lo único que había dicho en toda la noche sin que nadie le preguntara.
—Hay que mover a Casimiro de la puerta.
—Está en la puerta porque es donde hay aire —dijo Ramiro.
—Estaba. Con el motor apagado, lo que lo mata ya no es el aire malo. Ahora es el frío, y tiene setenta y uno. En la puerta le entran ocho bajo cero en la cara. Esto se hace como con las ovejas: los flojos en el centro y los fuertes por fuera.
Lo movieron. Pusieron a Casimiro Lete y a Lena Bouzas en el banco pegado a la pared de la estufa, con las dos mantas secas, y a los demás alrededor en dos filas, sentados en el suelo y en los taburetes, tocándose. Txomin y Ramiro, que eran los dos más grandes, se pusieron del lado de la puerta. A Sabino lo pusieron en la segunda fila sin discutirlo con él.
Aitor se quedó sin columnas en el cuaderno a las cinco y cinco, porque había preparado las hojas para recuentos cada hora y estaban haciéndolos cada veinte minutos. Rayó diez columnas nuevas con el canto del lápiz y una regla de madera de las del taller, y las numeró hasta las ocho y veinte.
—¿Y si el helicóptero se retrasa? —preguntó.
—Entonces sigues rayando columnas —dijo Idoia.
A las cinco y media el termómetro de la pared marcaba cuatro bajo cero dentro y la estufa humeaba de un modo que hacía llorar.
A las seis y cuarenta Sabino Amantegui habló por segunda vez en toda la noche.
—Faltan los litros.
—¿Qué litros? —dijo Aitor.
Mercedes había pasado la última hora con el lápiz y tenía la hoja preparada, y contestó ella porque era su cuenta.
—Sesenta litros. Los que faltaban en la varilla el cuarto día. Doce horas de motor que no se quemaron en esta casa.
—Y si se hubieran quemado —dijo Lena, despacio, porque quería decirlo bien delante de los ocho—, serían doce horas más de humo bajando de la cámara del tejado al dormitorio pequeño. Yo dormí seis noches a un palmo de ciento cuarenta partes por millón y estoy aquí sentada contando. Con doce horas más no estaría sentada, y Casimiro tampoco.
Nadie dijo nada durante un rato. Ramiro metió dos astillas y cerró la portezuela de la estufa.
—Yo te dije el sexto día que nos habías quitado tres días de calor —dijo Ramiro—. Y lo pensé peor de lo que lo dije.
—Lo pensasteis todos —dijo Sabino.
—¿Y por qué no lo explicó usted antes? —preguntó Aitor.
—Yo no dije por qué hasta el sexto. Eso es mío. En 2021 lo dije por escrito y con mi nombre entero, y lo que pasó es que me cesaron a mí y el tubo se quedó donde estaba. La segunda vez que lo dices ya no lo dices igual.
A las siete en punto Idoia abrió la radio grande, la de las trece y las veinte, con la batería puesta, y el club contestó a la primera. Al otro lado estaba el vocal de montaña, y lo primero que hizo fue dar un dato sin que se lo pidieran: Fani Quiroga había llegado a la pista forestal a las doce y diez del día anterior, estaba en el centro de salud del valle con los dedos de los pies bien y había preguntado dos veces por Casimiro.
—Dile que Casimiro va en el primer viaje —dijo Idoia.
Después pidió sus dos cosas y no pidió nada más: oxígeno a bordo y una camilla de pala. El piloto salía de Pamplona a las siete y cuarenta, el techo había subido a dos mil cuatrocientos metros y la cota del refugio estaba despejada. Idoia dijo ocho para subir, y después dijo los nueve nombres del parte, y los deletreó los nueve, apellido por apellido, incluido el último.
—Amantegui. A de Ávila, M de Madrid, A, N, T, E, G, U, I. Sabino. Guarda.
—Recibido —dijo el vocal—. ¿Guarda en activo?
—Guarda.
A las ocho y doce lo oyeron. Txomin, que estaba arriba con la contraventana, lo dijo desde el pasillo antes de que se oyera abajo.
A las ocho y veinte el aparato se puso encima de la campa de levante, a cincuenta metros de la puerta, y no aterrizó: dejó caer al rescatador con el cable y volvió a subir para no cargar la nieve. Bajaron Lena y Casimiro en el primer viaje, Casimiro en la camilla y Lena sentada con la mascarilla puesta, porque esa fue la lista que Idoia entregó escrita al rescatador en la puerta. Luego Aitor, Mercedes y Ramiro. Luego Txomin y Sabino. Idoia salió en el último viaje, como había dicho que haría, y antes de salir apagó la estufa con la pala, cerró la contraventana del dormitorio alto, cerró la portezuela de la leña con el pasador de abajo, cogió del atril del vestíbulo el libro de firmas con la contabilidad de Mercedes en la contraportada y abrió el armario del guarda con la llave plana para sacar del estante de abajo las dos hojas rosas grapadas del talonario de 2021.
En la base de Pamplona hay un mostrador de madera clara con un cristal encima y una bandeja de plástico donde se dejan los partes. A las diez y cuarenta, con la ropa de otro puesta y un café que no se bebió, Idoia rellenó el parte de incidencia del refugio de Iratxeta: las fechas, los nueve nombres, el tubo de humos partido por debajo de la teja en la vertiente de levante, las ciento cuarenta partes por millón junto a la litera de arriba del dormitorio pequeño y las ciento veintiuna que ese mismo sitio seguía marcando después del parche, con la hora y con el día, tal como estaban dentro del registrador que bajó en el bolsillo de Fani Quiroga. En la última casilla, la de observaciones, escribió el número del expediente 47/2021 y la fecha del cese de 2022, y adjuntó las dos hojas rosas grapadas del talonario, el ejemplar que no bajó con Fani.
Idoia firmó el parte con su nombre entero, lo dejó encima del mostrador y, debajo, en el libro del refugio, escribió la entrada del día: Sabino Amantegui, guarda, subió a avisar.