
La niña trajo el dibujo del colegio, orgullosa, y lo pegó en la nevera con un imán en forma de fresa.
—Somos nosotros en el jardín —anunció.
La madre la felicitó distraída mientras removía la cena. Papá con su camisa a rayas. Mamá con el pelo amarillo. La abuela en su silla. Y la niña, en el centro, con los brazos abiertos.
Entonces la madre contó las figuras, sin saber muy bien por qué.
Una, dos, tres, cuatro… cinco.
Había una quinta silueta, alta y delgada, de pie justo detrás de la niña. No tenía rasgos, solo una raya larga y curva por boca, como una sonrisa demasiado ancha.
—Cariño —dijo con la voz cuidadosamente tranquila—, ¿y este quién es?
La niña levantó la vista, extrañada de que su madre no lo supiera.
—Ese es el que siempre está detrás de mí en las fotos. El que nos mira mientras dormimos. —Volvió a su dibujo—. Dice que pronto seremos seis.
La madre miró la ventana oscura del jardín. Su propio reflejo le devolvió la mirada. Y detrás, muy alto, algo empezaba a sonreír.