
Una semana después de la fiesta el globo sigue en el salón, a media altura, ni en el techo ni en el suelo, como una lámpara que duda.
Nadie lo ha tocado.
Pierde aire con una lentitud que no le conocíamos: la lentitud de lo que fue urgente.
Ayer rozaba el techo con la cabeza, hoy va a la altura de los cuadros, mañana andará por las rodillas del primero que cruce a oscuras.
Habría que pincharlo, dice alguien. Nadie lo pincha.
En esta casa sabemos dejar que las cosas bajen solas.