
La copistería de la calle Mèlic cobra tres céntimos por copia y no hace preguntas. Fue mi vecina quien me avisó: «Fíjate bien: las copias salen mejor que el original».
Llevé el contrato del piso. En la copia, la cláusula del ascensor ya no estaba. Llevé el mapa del pueblo de mi padre: la copia tenía una calle más, corta y sin nombre, que moría en el río.
El dependiente no se inmuta. Cambia el tóner, cobra y señala el cartel: LA CASA NO SE RESPONSABILIZA DE LAS DIFERENCIAS.
Ayer llevé la última foto en la que salimos los cuatro. La puse boca abajo, pulsé el botón verde y miré hacia la calle, como quien no quiere influir.
La copia tardó más de la cuenta. Salió tibia, oliendo todavía a luz. Somos los cuatro, la misma cocina, la misma tarta. Solo que aquí todos miramos a la cámara, y en la ventana del fondo empieza a anochecer.
El original lo guardé en el bolso. La copia la puse en el marco del pasillo. Nadie ha notado nada; solo mi madre dice que aquella tarde, por fin, la recuerda así.