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Idea · Del catálogo de Margen

Escribe la decisión antes de saber si acertaste

Toma una decisión importante y espera unos meses: te parecerá que el desenlace era obvio desde el principio. Si salió bien, «lo viste claro»; si salió mal, «ya lo sospechabas». No es mala fe: es el sesgo retrospectivo, y reescribe tu memoria con tanta suavidad que nunca notas la edición.

El antídoto es un diario de decisiones, y cabe en un párrafo. Cada vez que decidas algo que importe —aceptar un trabajo, mudarte, invertir, cortar con alguien— apunta tres cosas: qué has decidido, por qué exactamente, y qué esperas que ocurra (con fechas, si puedes). Ciérralo y no lo toques.

Al cabo de seis o doce meses, vuelve. La gracia no es comprobar si acertaste: es comparar tu razonamiento de entonces con la realidad. A veces acertaste por motivos equivocados: pura suerte disfrazada de talento. A veces fallaste habiendo pensado bien: mala suerte, no mal juicio. Sin el papel, es imposible distinguirlos, y aprendes las lecciones equivocadas.

Los resultados dependen del azar; el proceso es lo único que puedes entrenar. Un diario de decisiones es la única manera de mirar a tu proceso a los ojos, sin el maquillaje que le pone la memoria.