Por capítulos · Los 212 votos de Cebrones · Del catálogo de Margen
Ochenta y siete a ochenta y siete, y nueve sobres de más

Cebrones tiene 212 electores en el censo y 198 vecinos durmiendo en el pueblo, y hasta las ocho y diez de la tarde del 28 de noviembre esa diferencia no le importó a nadie. Lorena Prieto Bada, secretaria-interventora del ayuntamiento, esperaba de pie junto a la mesa de la escuela con el acta todavía en blanco y el bolígrafo de la casa, el que lleva una cadenita para que no se lo lleven.
A las ocho en punto, Casiano Nuez, maestro jubilado y presidente de la mesa, dijo la fórmula que había leído tres veces en el manual: se cierra la votación. Fuera no había cola. Dentro, el aula olía a la estufa y a los abrigos de los interventores colgados en los percheros bajos de los niños, y en la pizarra seguía escrita la palabra «paisaje» de la semana anterior.
—Ciento sesenta y cinco —leyó Casiano del cuaderno de votantes—. De doscientos doce.
Los dos candidatos estaban sentados en los pupitres de la primera fila, como si les hubieran castigado. Teodoro Sanz, dueño de la gravera del río, había venido con chaqueta y no se la había quitado en toda la tarde. Herminia Olmedo, veterinaria de la comarca, había traído un termo y lo había compartido con todo el mundo, incluido Teodoro.
Antes de abrir la urna tocaba lo del correo. La lista de la mesa tenía nueve nombres de voto por correo, y la saca con los nueve sobres había llegado a las ocho menos cinco, en plazo. Casiano los sacó uno a uno, leyó el nombre en voz alta, comprobó que estaba en el cuaderno y los metió en la urna sin abrirlos, que es lo que manda hacer.
—Bragado Sierra, Nemesio —leyó en el último.
Lorena apuntó en el acta la hora de entrada de la saca, las ocho menos cinco, y al lado la cifra: nueve.
El recuento duró veinte minutos. Casiano iba cantando y los dos vocales iban haciendo palotes en una hoja cuadriculada: Sanz, Olmedo, Olmedo, Sanz. No salió ninguna papeleta en blanco y no salió ninguna nula, cosa que Casiano celebró como si fuera mérito suyo, porque en Cebrones la gente vota con el bolígrafo puesto en la mesa y no se equivoca.
—Ochenta y siete —dijo al final—. Y ochenta y siete.
Hubo tres segundos en los que nadie se movió. Herminia dejó el vaso del termo en el pupitre. Teodoro se levantó, se acercó a la hoja de palotes y la miró de arriba abajo como se mira una factura.
—Cuéntalo otra vez.
Lo contaron otra vez. Ochenta y siete a ochenta y siete.
Casiano escribió las dos cifras en la pizarra, debajo de la palabra «paisaje», y las subrayó. Uno de los vocales, Fermín Lobo, albañil, dio un golpecito en el cristal para avisar a los tres o cuatro que esperaban fuera, y en menos de un minuto la puerta de la escuela tenía detrás a media calle del Pozo.
Lorena llamó a la junta electoral de zona desde el teléfono del ayuntamiento, que está en la misma mesa que la fotocopiadora. Le cogió el teléfono un funcionario con cuatro actas delante y le dijo que hiciera constar el empate y cualquier incidencia por escrito, que ya lo verían con el acta en la mano. Ella apuntó la hora de la llamada en su cuaderno —lo apunta todo, es lo único que la ha salvado en catorce meses— y volvió al aula.
Lorena sabía de memoria lo que venía después, porque lo había mirado en octubre, cuando se convocaron las elecciones y ella se leyó la ley entera en dos noches por si acaso: un empate se resuelve por sorteo. También sabía que nadie en Cebrones había visto nunca un sorteo, y que la última vez que hubo que decidir algo a suertes en el pueblo fue en 1994, con los pastos del monte, y que todavía hay dos familias que no se hablan por aquello.
Estaba escribiendo el resultado en el acta, con la letra de imprenta que usa para los números, cuando la puerta del aula se abrió de golpe y entró Lisardo Vara, cartero rural de la zona, con el anorak mojado y una saca de correos en la mano.
—Perdonad —dijo—. La carretera de Val de Sanz estaba cortada por la obra del arroyo y he tenido que dar la vuelta por Quintana.
Puso la saca encima de la mesa. Era una saca normal, de lona gris, con el precinto de plástico sin romper.
Casiano miró el reloj de la pared, que en esa escuela va cuatro minutos adelantado, y después su propio reloj de pulsera.
—Las ocho y diez —dijo—. Lisardo, esto llega tarde.
—Yo os traigo lo que me dan en la oficina. Lo que llegue tarde no lo decido yo.
Lorena cortó el precinto con las tijeras del botiquín porque no había otras, y vació la saca sobre la mesa de la maestra, al lado del acta. Salieron sobres de voto por correo, de los grandes, con la franja y el escudo. Cayeron de golpe y se desparramaron hasta el borde.
Herminia fue la primera en contar, en voz baja, señalando con el dedo sin tocarlos. Teodoro contó después, de pie, sin señalar.
Los nueve nombres de voto por correo del pueblo ya estaban dentro de la urna, leídos uno a uno veinte minutos antes. En el cuaderno de la mesa no había ni un nombre más con la casilla del correo marcada. Lorena pasó las hojas del cuaderno dos veces para asegurarse, con el dedo en la columna, y volvió a la mesa.
Casiano contó los sobres nuevos una vez, los juntó en un montón y los contó otra, y se giró hacia los dos vocales para que lo oyeran bien.
Nadie preguntó lo evidente hasta que lo preguntó Herminia, que lo dijo mirando a Lorena y no a Casiano, porque la que firma es la secretaria.
—¿De quién son?
—Nueve sobres más —dijo Casiano, que seguía contando—, y los nueve de mi lista están ya dentro de la urna.