Microrrelato · Del catálogo de Margen
Veinte minutos para sacar un reloj que no es suyo

10:52. Encarna Zubieta, cerrajera de guardia, anota en el parte: local comercial, cilindro europeo, once minutos. En la acera, envuelto en una manta de mudanza, hay un reloj de pared de pesas con la esfera hacia arriba.
10:31. —Ese no es mío —dice Bautista Ferreiro, relojero, cuarenta y un años en el número 14—. Es de la señora Sanz. Lo trajo en 2019, lo arreglé, no volvió a por él. Si se queda dentro, se lo queda el banco.
Encarna mira la hora en el móvil. Tiene seis avisos más y el siguiente es a las once y cuarto, en la otra punta.
—Veinte minutos —dice ella.
10:04. Bautista descuelga el reloj con las dos manos y lo apoya en el mostrador. Pesa lo que pesan las pesas: casi nueve kilos. Encarna sujeta la puerta con el pie para que no se cierre con el aire.
09:12. Encarna aparca la furgoneta delante del 14, cuarenta minutos antes de la hora, y mira por el cristal. Dentro hay un reloj de pesas parado a las cuatro y veinte. Abre el maletero y saca la manta de mudanza.