
El reino de Lidia, en la actual Turquía, tenía un problema estupendo: por el río Pactolo bajaba electro, una aleación natural de oro y plata que la corriente arrastraba desde las montañas. Hacia el siglo VII a. C., a alguien se le ocurrió hacer algo nuevo con esas pepitas: fundirlas en piezas de peso fijo y estamparles un sello con un león, la marca del rey.
Esa idea —un trozo de metal cuyo valor garantiza una autoridad— es la moneda. Ya no había que pesar ni morder el metal en cada compra: bastaba mirar el sello.
Un siglo después, el rey Creso refinó el invento separando monedas de oro puro y de plata pura, y se hizo tan legendariamente rico que aún decimos aquello de «más rico que Creso». Cada moneda que has tocado en tu vida es nieta de aquellas pepitas de río.