
En la escuela nos lo contaron así: primero la gente intercambiaba gallinas por sandalias, aquello era un lío y alguien inventó las monedas. El problema es que esa historia la contó Adam Smith en 1776 sin prueba alguna, y desde entonces los antropólogos han buscado una sociedad que funcionara a base de trueque puro. No han encontrado ninguna. Ni una.
Lo que sí han encontrado en todas partes es otra cosa: deudas y favores. En las comunidades pequeñas nadie cambiaba una vaca por tres hachas en el momento; te llevabas el hacha y quedabas en deuda, y la comunidad llevaba la cuenta. El dinero no nació para sustituir al trueque, sino para medir y mover esas deudas.
¿Y el trueque de verdad? Existe, pero al revés de lo que dice el cuento: aparece después del dinero, cuando este falla. En cárceles, en guerras, en crisis. No es nuestro pasado remoto: es nuestro plan B.