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Por capítulos · La estación sumergida · Del catálogo de Margen

Marea baja

Tardé una semana en volver. Pedí el tramo en el reparto —nadie te discute un tramo aburrido— y llevé la lámpara grande, la maza pequeña y la excusa de la gotera por si acaso.

El mortero nuevo cedió por donde quería ceder. Eso me inquietó ya entonces: los muros no quieren. Retiré ladrillo hasta abrir un paso de gato y pasé con la lámpara por delante.

Una escalera de servicio, peldaños de granito comidos por el agua antigua, bajando en curva. Y abajo, lo que el plano prometía y la cabeza se negaba: Amberes. Una estación entera. Los dos andenes, las bóvedas con azulejo blanco de hace un siglo, los rótulos de loza con letra dorada. Y ocupándolo todo, quieta, negra, un agua que se había comido las vías y lamía el borde de los andenes.

Olía a estanque y a piedra fría. La lámpara no alcanzaba el fondo del agua, y créanme: mejor.

Caminé por el andén seco pisando como se pisa en las iglesias. Había cosas. Ordenadas. A lo largo de la pared, en hileras pulcras: un paraguas con mango de pato. Una maleta de cartón con pegatinas de hoteles que ya no existen. Un patinete oxidado. Un guante de niño, solo, colocado sobre un pañuelo doblado como en un escaparate. Decenas, cientos de objetos, cada uno con una etiqueta de cartón atada con cuerda, numerada a pluma.

Al fondo del andén, una garita con un rótulo: OBJETOS HALLADOS. Y dentro de la garita, sobre un atril, un libro de registro enorme, encuadernado en tela, abierto por la mitad.

Lo alumbré. Columnas: número, objeto, dónde se perdió, quién lo lloró. La tinta de las primeras páginas era de 1924. Fui pasando hojas hacia el final, con el estómago encogido, porque la letra —la misma letra pulcra de delineante muerto— no se interrumpía nunca.

La última entrada tenía la tinta fresca. Brillaba.

«N.º 14.312 — Linterna de brigada — Túnel 3, esta noche — La llorará Vera, que ya está aquí.»

Mi lámpara se apagó.