Por capítulos · La estación sumergida · Del catálogo de Margen
El plano que sobra
El metro de noche no está vacío: está en obras de sí mismo. A las dos, cuando se corta la corriente, bajamos las brigadas a coser lo que el día descose. Llevo once años en la de vías, turno de noche, línea 3. Me llamo Vera y este informe no lo va a leer nadie, así que puedo contarlo todo.
Empezó con una gotera. Filtración entre Fontana y Delicias, dijo el parte; localizar origen. En el archivo técnico pedí los planos históricos del tramo y me dieron una carpeta de 1924, de cuando inauguraron la línea. Papel cebolla, tinta sepia, esa letra de delineante muerto que tienen los planos viejos.
Y allí estaba. Entre Fontana y Delicias, a trescientos metros de la primera: una estación. Planta completa, dos andenes, vestíbulo, rotulada con una palabra: AMBERES.
Entre Fontana y Delicias no hay ninguna estación. Lo sé como sé mi nombre: once años pasando por ese túnel casi cada noche. Es un tramo recto, aburrido, con una zona donde el eco cambia —siempre pensé que era el drenaje— y un tabique de ladrillo ennegrecido que ninguna brigada ha abierto nunca porque ningún plano moderno dice que haya nada detrás.
Ningún plano moderno. El de 1924 sí lo decía.
Esa noche llevé el plano al túnel. Localicé el punto: el tabique. Ladrillo viejo, sí, pero las juntas... las juntas estaban repasadas con mortero distinto, más nuevo, como cuando tapias algo con prisa y vuelves después a asegurarte.
Apoyé la palma en el ladrillo, por costumbre de oficio, para sentir las vibraciones de las bombas de achique.
Dos cosas, y las escribo tal cual las sentí. Una: el tabique estaba tibio, en un túnel donde en febrero se te hielan los dedos dentro de los guantes. Dos: detrás, muy abajo, se oía agua. No goteo de filtración. Agua grande, honda, moviéndose despacio.
Como una respiración.