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Relato · Del catálogo de Margen

Cartas al tercero izquierda

Me mudé al tercero izquierda en marzo. Piso viejo, techos altos, radiadores que hablan de noche. Desde la primera semana, cada jueves, aparece en mi buzón una carta escrita a mano para «Srta. Aurora Valdés, 3.º izda.». Sin remite. Sello de correos, matasellos de la ciudad.

Pregunté al portero: la señorita Valdés vivió aquí hace cuarenta años, se marchó sin dejar señas. Devolví las primeras cartas con la fórmula de rigor —«destinatario desconocido»—, pero volvían. Alguien las reenviaba con una terquedad de otra época.

Esta semana he cometido un error: he abierto una.

«Aurora: ayer pasé por el conservatorio y el castaño de la entrada ha vuelto a florecer antes de tiempo, como el año del concurso. Pensé en escribírtelo antes de que se me olvide, porque ahora se me olvidan las cosas por orden alfabético y tu nombre empieza por la primera letra. No te preocupes, que a ti no te olvido: te archivo. Tu S.»

Las abrí todas. Sé que no debía; sepan ustedes que tampoco lo lamento. Eran cartas cortas, semanales, de un hombre mayor que firmaba S. y que no pedía nada: contaba. El precio del café, una película, la floración de un castaño, la artrosis de la mano derecha «que era la tuya cuando bailábamos». Cuarenta años de jueves, o eso decía una: «te escribo desde 1985, que es cuando debí decirte esto en voz alta».

Hice de detective de barrio. El matasellos era del distrito, la letra temblaba de vejez, y solo había papelería de las antiguas en dos calles a la redonda. La dependienta de la segunda no me dejó ni acabar la pregunta: «El señor Salvador. Compra un sobre cada lunes desde antes de que yo naciera. Vive en la residencia de la plaza».

Fui un domingo, con la última carta sin abrir y el corazón en un puño. El señor Salvador resultó ser pequeño, pulcro y clarísimo de cabeza para según qué cosas. No se sorprendió al verme.

—Usted es la del tercero izquierda —dijo—. Lleva meses recibiendo mis cartas.

—Aurora no vive allí desde hace cuarenta años —le dije, con toda la suavidad que supe—. ¿Lo sabe usted, verdad?

—Lo sé desde hace cuarenta años. —Se alisó una arruga del pantalón—. Murió en el 86. Fui a su entierro. Llovió.

Me quedé sin libreto. Él me miró con una paciencia antigua, de maestro que repite la lección al alumno lento, y me lo explicó:

—Yo no escribo para que ella lea, señorita. Escribo para no dejar de contarle las cosas. Son costumbres distintas. La segunda no necesita destinataria: necesita dirección. Y la única dirección que Aurora tuvo en mi vida es la suya de usted.

Debería haberle dicho que las cartas dejaran de llegar, que aquello era irregular, que el buzón es mío. Lo que dije fue otra cosa. Que el castaño del conservatorio ha florecido también este año. Que la escalera huele igual que olería entonces, a cera y a sopa. Que el tercero izquierda tiene ahora libros hasta el techo, y que la ventana de la sala sigue siendo la mejor del edificio para leer por las tardes.

El señor Salvador murió en octubre. La papelería me lo contó un lunes, al ver que faltaba su sobre.

El jueves siguiente, por primera vez en meses, el buzón amaneció vacío. No saben ustedes lo que puede llegar a pesar un buzón vacío.

Así que compré un sobre en su papelería, y un sello, y escribí con mi mejor letra: «Sr. Salvador: soy la del tercero izquierda. El castaño sigue en flor. Le escribo para no dejar de contarle las cosas; ya sé que usted me entiende. La ventana de la sala sigue siendo la mejor del edificio».

La eché al correo sin remite. Que la reenvíe quien reenviaba las suyas.