Llevo cuarenta años afinando pianos y he aprendido a saber lo que pesa una casa por cómo suena su piano. Hay pianos de casa feliz, gastados por el uso alegre, con las teclas del centro amarillas como dientes de fumador. Hay pianos de castigo, perfectos y mudos, que ningún niño quiso. Y hay pianos de duelo. Esos se reconocen enseguida: están afinados por fuera y rotos por dentro, como la gente que los hereda.
El piano de la señora Roure era de los terceros. Un vertical alemán, buena madera, sesenta años bien llevados. Me abrió la puerta una mujer pequeña y muy peinada, de esas que preparan café para las visitas de oficio aunque la visita venga a arreglar un grifo.
—Era de mi marido —dijo, y no hizo falta el verbo en pasado: la casa entera lo conjugaba.
Trabajé una hora larga. El piano estaba peor de lo que parecía: años sin tocarse desafinan más que años de uso, porque la madera se acostumbra al silencio. Cuando acabé, hice lo de siempre: unas escalas, unos acordes, un vals de compromiso para demostrar el trabajo.
—Perfecto —dijo ella desde la puerta de la cocina, con el paño en las manos—. Ahora desafíneme el si bemol.
Creí haber oído mal. Me lo repitió: el si bemol de la segunda octava, un poco bajo. Como estaba.
—Señora, ese si bemol lleva años caído. Es de las cosas que venía a arreglar.
—Ya lo sé —dijo—. Pero Tomás lo tocaba así. Cuarenta años oyéndole tropezar en la misma nota, en el mismo pasacalles, cada domingo por la mañana. Yo le decía: Tomás, ese si bemol. Y él decía: es el piano. Y no era el piano, era su dedo anular, que llegaba corto desde una fractura de joven. —Dobló el paño en cuatro, con mucho cuidado—. Si usted me deja el piano perfecto, cuando mi nieta toque ya no sonará a él. Sonará a piano bueno, que está muy bien. Pero yo ya no tengo edad para pianos buenos. Yo quiero mi domingo.
Podría haberle explicado lo que era mi oficio. Que me pagan por el orden, por las frecuencias exactas, por dejar cada cuerda en su sitio. Que en cuarenta años nadie me había pedido estropear una nota a propósito.
Bajé el si bemol un octavo de tono. Lo comprobé tres veces, con más esmero del que pongo en afinar: desafinar con precisión es dificilísimo, porque el error de otro es una nota exacta que no está en ningún manual.
Toqué el pasacalles como pude, de oído. Y en el segundo compás, cuando la nota tropezó donde tropezaba siempre, oí detrás de mí un ruido pequeño, doméstico, incomparable: una risa con lágrimas dentro, de esas que hacen las dos cosas a la vez porque el cuerpo no da abasto.
—Ahí está —dijo la señora Roure—. Ahí está el torpe.
No le cobré la visita. Me pagó con café y con una cosa que no sabía que me faltaba: la certeza de que mi oficio no es afinar pianos. Es afinar casas. Y hay casas que, para sonar bien, necesitan exactamente una nota rota.