Nadie presume de haber «hecho» quince conversaciones profundas en una tarde. Con los museos, en cambio, hacemos exactamente eso: cuarenta salas, doscientas obras, seis horas, los pies destrozados y en la memoria apenas una postal borrosa.
Hay otra manera, y es casi gratis: entrar a ver una sola obra. Elegirla antes, como quien queda con alguien. Sentarse delante —hay bancos: son una pista— y quedarse diez, veinte minutos, hasta que pase lo que siempre pasa: primero el aburrimiento, luego el detalle, luego la pregunta, y al final esa conversación muda que es la única forma seria de mirar.
Un cuadro visto así te acompaña años. Doscientos vistos al paso se evaporan en el vestíbulo.
Vale para museos y vale para casi todo: la atención no se reparte, se entrega. Menos salas. Más banco.